Las islas sin nombre
De «Antes del Odio», de Miguel Hernández
06 27th, 2009No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.
Sencillez
06 9th, 2009Ayer, comentaba uno en el gimnasio:
-Yo, en cuanto puedo, me subo a la sierra. Buenas botas, bastón. Un mapa, brújula. Mi lata de sardinas y un cacho de pan. Una chocolatina, por si me da la pájara. Sí, sólo. Estoy a gusto y no necesito más.
Se me ocurrió que ese hombre iba a ser feliz más veces que la mayoría de nosotros.
Pesos y medidas
06 2nd, 2009Dicen que, si pesamos a un ser humano antes y después de su muerte, encontramos con que en todos los casos pierde 21 gramos. Justo 21 gramos. Siempre, en todos los casos. Hay quienes opinan que ese es el peso del alma, el soplo vital o como queramos llamarlo. El peso de ese algo que nos anima, que hace de nosotros algo más que una suma de componentes químicos.
De ser cierta esa teoría, bien poco sería la proporción. En un varón de unos 80 kg, la porción de alma sería menos del 0,003 % del peso total. Poquito. Y sin embargo –siempre de ser cierto que eso fuese el alma o algo parecido-, sin esa fracción vital, no somos nada.
¿Y cuánto pesa el derecho al voto? Aún menos. Si le pesan a usted, a mí o a ese señor de la esquina, antes y después de votar, resulta que el peso no varía. El derecho al voto no pesa nada. Nada de nada.
Y, no obstante, cuando millones de ciudadanos ejercen su derecho al voto, los centros de gravedad de un estado varían de forma drástica. Y lo hacen para siempre. Cambia el curso de la historia, en una dirección u otra.
Tal vez sólo 21 gramos convierten a una masa de carbohidratos y proteínas en ser humano. Y la suma de votos que no pesan nada determina el rumbo de una nación. Es más. Ese intangible sin peso es lo que diferencia a un ciudadano de un súbdito. Un simple derecho que no puede cuantificarse en una báscula.
Qué cosas, ¿verdad? No pesará, pero ha de administrarse con cuidado. Y no solemos hacerlo. Ni siquiera lo valoramos. Y no es justo. Durante los siglos XIX y XX, millones de nuestros compatriotas las pasaron canutas y, en muchos casos, sufrieron exilio o incluso malas muertes para legarnos eso que, demasiado a menudo, desdeñamos.
Un solo voto no tiene peso. Todos sumados tienen un peso y un alcance infinitos. Por eso, por lo que significa, y porque es algo que hasta el más pobre de nosotros puede esperar legar al futuro, conviene manejarlo con atención. Hemos de votar en conciencia, según lo que nos dicten nuestras ideas y sentido común. Incluso no votar es una forma de votar, siempre que se haga con conocimiento de causa y no por simple vagancia. Hemos de respetar también el voto ajeno, aunque nos repatee.
El derecho al voto no pesará nada pero su alcance es tremendo. Lo hemos recibido –aún quedan vivos algunos que lucharon para que todos lo tuviéramos- y podemos y debemos trasmitirlo a futuras generaciones. Hemos de cuidarlo con tanto mimo como a la atmósfera o a los bosques. Si no por nosotros, por los que lo ganaron para todos y por los que vendrán después de nosotros. Es el patrimonio común.
En una lejanía (fragmento)
05 27th, 2009Mujer,
Apenas resonancia,
Apenas territorio
Donde el abismo a veces me aguardaba,
A ti,
Apenas mi palabra
Doblándose en la cruz de la nostalgia.
Mi soledad
Te abisma de silencio
Y nuestros pasos
Parecen
Grabarse en la secreta
Penumbra
De todas las tristezas.
Pero
Tiendes un puente
Hasta mí
Desde tus lejanías,
Te presentas
-perfil de compañera-
Y toco
Tu proyectarse de horizonte
Hacia mis ancestrales
Soledades.
William Baecker
Depresiones y conspiraciones
05 27th, 2009Comentaba ayer con Sara que soy un tipo al que le está negada la depresión. Ella se reía, pero es verdad. A veces se me ocurre que, cuando las cosas salen mal, me gustaría tener derecho a tirarme en el sillón. A hundirme en la pasividad y a compadecerme de mí mismo. Y no puedo, no está en mi naturaleza. Es una puñeta.No me moriré de abatimiento, eso seguro. Me moriré un día de un berrinche. Cogeré un cabreo del quince y me dará un infarto, o un ictus. Fijo. Eso es lo que me sucede cuando las cosas se tuercen por culpa de terceros.
Para más inri, no sólo me está negada por mi naturaleza la depresión. También tengo la desgracia de ser, en ciertas cuestiones, muy racional. Envidio a los que disfrutan de esa capacidad de ver en cada revés una conspiración contra su persona e intereses. Tampoco puedo. Cuando uno tropieza, no es porque el otro te haya hecho la zancadilla a posta. Es que está a sus cosas y mete la pata. Literalmente, porque la mete en tu camino.
Así que la gente como yo, privada del derecho a la depresión y la conspiración, sigue con su vida y disfruta del sol –si es que luce, que es el caso de hoy-, o de la lluvia, en caso de que el tiempo sea desapacible. Jurando unas veces en arameo y otras veces con filosófico fatalismo, es cierto. Pero es que no nos queda otro remedio. No tenemos elección. ¿O sí?¿Sabe alguien de alguna academia donde enseñen, en un tiempo razonable, a deprimirse?
León Arsenal, por Rodrigo Escribano
05 17th, 2009León y yo crecimos en el antiguo barrio de las Hormigas, distrito de Hortaleza, Madrid, por lo que debo ser el más antiguo de los que hoy tienen alguna relación con él, familia aparte. Es curiosa la circunstancia porque, de niños, no teníamos trato estrecho. Vivíamos en la misma calle, pero ni estábamos en la misma pandilla ni íbamos al mismo colegio. Nos conocíamos y poco más. Eso hace mis recuerdos vagos y escasos, y no puedo contar mucho de esa época.
Crecimos, cada cual siguió su camino, nos cruzamos y perdimos de vista varias veces, durante los ochenta y noventa. Yo me mudé, me casé, me divorcié, volví al barrio. León no se casó, por lo que no pudo divorciarse. Comenzó medicina, se cambió a náutica, se hizo piloto de la Marina Mercante, navegó, pasó a tierra, se fue de Madrid, regresó, tuvo varios trabajos, acabó por dedicarse a la literatura.
Me ha pedido esta nota biográfica porque le he visto en fases vitales muy distintas. Es verdad, por eso que decía de que nos hemos cruzado y perdido de vista varias veces a lo largo de los años. Pero también, por lo mismo, hay partes de su vida que desconozco y sobre las que él no cuenta nada, no porque tenga algo que ocultar, sino por simple gusto por el misterio. Es parte de su veta teatral, que la tiene, y ese es el primer rasgo que quiero señalar en el personaje.
Digo «personaje» con toda intención, porque León cultiva una imagen. Imagen que no es falsa, pero sí elaborada. No es artificio pero sí construcción. Una especie de maquillaje que no pretende engañar, sino realzar unos rasgos y suavizar otros. Es una forma de ser, propia de ciertas personas, natural a ellas. Y, en el caso de León, me hace recordar una de sus novelas más originales e imperfectas, Máscaras de Matar, en la que los protagonistas usaban máscaras no para esconderse sino para jugar roles concretos, sacar a la luz otras facetas de sí mismos.
Todo autor tiene un tema eje, al que vuelve una y otra vez. Y algún espíritu perspicaz ha señalado que, en el caso de León Arsenal, ese tema es el de la identidad. ¿No es la identidad una máscara? ¿No es siempre, en parte, algo buscado? El tema de la identidad está muy presente en Máscaras de matar o en Las lanzas rotas, de dos formas bien distintas, y asoma de una forma u otra en todas sus novelas. Pero pocos se han fijado en eso.
Muchos, en cambio, insisten en atribuir gran peso sobre su obra a su pasado marítimo. Hay en eso bastante de banalidad, pero también algo de razón. León es hombre inquieto, al que siempre le han llamado la atención los temas más dispares. De chaval, era de los que andaban siempre con libros, interesado por cuestiones que los demás ni siquiera sabíamos que existían. Es inevitable que su curiosidad, a veces, le lleve a campos extraños. Como, por ejemplo, cuando en los ochenta le dio por estudiar el tarot. Llegó a ser muy bueno echándolo, pero en esto tendrán que fiarse de mi palabra, porque hace años que se niega a tirar las cartas. Sí, yo sé el motivo, pero le guardaré el secreto. O como cuando, en los noventa, gracias a un amigo médico, estudió algunas terapias alternativas que aún hoy aplica a unos pocos allegados. Y esa inquietud no se ha apaciguado. Cada vez que me lo cruzo, le encuentro en nuevas aventuras, algunas de las cuales nunca le hubiera imaginado.
Es un hombre muy particular, sí. Y lo particular a veces se vuelve peculiar. En los últimos años se ha dedicado a desmantelar su biblioteca, que reunía un número de títulos considerable. Nadie sabe cuántos libros ha regalado ya, de sus estantes. Si le preguntan, responde que «dicen que los hombres, al llegar a los cuarenta, o se divorcian o deshacen su biblioteca. Y yo, siendo soltero, no tuve elección». Como explicación es peregrina y, además, eso del «dicen» ya se lo he escuchado demasiadas veces. León es de esos que alumbran frases lapidarias y luego niegan su paternidad para atribuirlas al acerbo popular.
A estas alturas, pensarán que el destinatario de la nota debiera mirarme con malos ojos. Sin duda lo hará, pero sólo porque es la forma que tiene de mirar. Tendría problemas con él si le hubiese definido como «sujeto vulgar, corriente y moliente». No se engañen, todo esto halaga su vanidad, como en su día lo hizo esto que decía Javier Negrete de él:
«León es un gran cuentista… en todos los sentidos. No penséis que le estoy tildando de embustero, aunque los marinos, desde el viejo Ulises, siempre han tenido fama de mentirosos. No, me estoy refiriendo a sus cualidades de narrador y fabulador, que no solo manifiesta en los cuentos y novelas que escribe, sino también en las conversaciones tabernarias, a las que es muy aficionado.
Tanto escribiendo como hablando, León posee una gran habilidad para anticipar el meollo de lo que va a contar, como el torero enseña el pico de la muleta para citar al toro: una anticipación que sólo es un entrante para abrir el apetito y mantener al lector/interlocutor prendido de sus palabras y poder recrearse en ellas. Pues León es un gran amante de las palabras, de su sonido al pronunciarlas, de su dibujo al escribirlas, sus combinaciones y también su origen. Al modo de los antiguos griegos, su amor por ellas le hace inventar etimologías fantásticas que a veces son más interesantes que las verdaderas».
Es tanto un retrato como esa construcción de personaje de la que hablábamos antes. Los que rodean a León le ayudan, encantados, a elaborar sus máscaras. Complicidad que viene de antiguo y en la que participan muchos, como se ver por esta otra descripción, esta vez de Eugenio Sánchez, de la que León estará ufano, aunque supongo que tratará de ocultarlo. Dice así:
«Místico, buen lector inveterado, aficionado al género de toda la vida, bebedor impenitente y buen conversador en las charlas de taberna.»¿Qué puede uno añadir a eso?
Bien poco o nada.
Rodrigo Escribano
Soneto LXII
04 27th, 2009Ay de mí, ay de nosotros, bienamada,
Sólo quisimos amor, amarnos,
Y entre tantos dolores se dispuso
Sólo nosotros dos ser malheridos.
Quisimos el tú y el yo para nosotros,
El tú del beso, el yo del pan secreto,
Y así era todo, eternamente simple,
Hasta que el odio entró por la ventana.
Odian los que no amaron nuestro amor,
Ni ningún otro amor, desventurados
Como las sillas de un salón perdido,
Hasta que se enredaron en ceniza
Y el rostro amenazante que tuvieron
Se apagó en el crepúsculo apagado.
Pablo Neruda
Camino de la Cascada del Purgatorio
04 11th, 2009
Un rincón en especial hermoso, camino de la Cascada del Purgatorio. Tuvimos la suerte de ser los primeros en llegar a la ruta, muy temprano, y pudimos hacer toda la subida sin cruzarnos con un alma, entre murmullo de aguas, trino de pájaros, susurro de aire en las ramas.
Dormirse en el olvido del recuerdo…
03 27th, 2009¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
En el recuerdo del olvido,
Y que en el claustro maternal me pierdo
Y que en él desnazco perdido!
¡Tú, mi bendito porvenir pasado,Mañana eterno en el ayer;
Tú, todo lo que fue ya eternizado,
Mi madre, mi hija, mi mujer!
Miguel de Unamuno
Especies urbanas en extinción
03 16th, 2009Constato que con la crisis y los avances hay dos especies urbanas en vías de extinción. De forma inevitable, dentro de no muchos años, habrán desaparecido del asfalto, luego de haber sido parte indisoluble del paisaje urbano, una de las dos desde su mismo nacimiento.La primera especie en vías de extinción son los kioscos de periódicos. Llevan años en declive, debido a Internet y la prensa gratuita, y la crisis ha sido un nuevo mazazo; en algunos casos la puntilla. En los alrededores de mi casa, en estos últimos meses, han cerrado tres y supongo que el paso de los años no hará sino menguar su número hasta que, a no tanto tardar, un día, al salir a la calle, caigamos en la cuenta de que ya no queda ninguno.La segunda especie, que desaparecerá aún más rápido, es aquello de preguntar a un viandante por una dirección. Ya están aquí los móviles con GPS y no puede demorarse mucho el día en el que todos lo incluyan. Entonces ya no será necesario recurrir a un peatón cualquiera cuando nos encontremos desorientados en un barrio desconocido. Y esa es la especie antigua que va a morir y en el plazo, supongo, de meses o un par de años. Nació con las urbes y, de repente, se va a esfumar. Quedarán, en su caso, vestigios, gracias a tecnófobos, ancianos y casos dudosos que el GPS no acierte a solucionar; pero será un triste residuo de una vieja forma de comunicación.