Las islas sin nombre
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4 08, 2010
Me fascina la facilidad con que entre dos personas se crea un mundo privado de palabras, señales, gestos. Es como una sinergia de actitudes y orientaciones. A todos nos ocurre con cierto número de gente. En cambio con otros es como si tuviéramos entremedias un muro de plomo. Si eso es así, siempre estará ahí y no conseguimos salvarlo, y mira que a veces lo intentamos. Lo intentamos.
27 04, 2010

8 07, 2009
La incontinencia verbal daña la buena fama ajena, destruye la reputación del que la practica, deshace vínculos, levanta muros y siembra enemistades duraderas. Es una de las plagas del siglo XXI. No es que antes no existiese pero, ahora, gracias a las nuevas tecnologías, se ha convertido en pandemia devastadora. A tiro de clic en el ordenador, la gente la suelta cuadradas… y luego ya no tiene remedio.
La incontinencia verbal es admisible hasta cierto punto en los muy jóvenes y los muy mayores. Ocurre con la boca lo que con algunos esfínteres, que a esas edades resultan difíciles de controlar. Tampoco hay que confundir la incontinencia verbal con el calentón de boca. El primero es al segundo lo que la viruela al sarpullido. ¿A quién no se le ha calentado la boca alguna vez? Ante los calentones de boca conviene ser tolerantes. No así con los incontinentes verbales, porque se crecen. Sobre todo, no hay que reírles las gracias ni darles cancha, aunque sólo sea porque eso les empuja más al abismo.
La incontinencia verbal da pie a la soberbia propia. Enciende también la ira ajena. Como no está uno de los pecados capitales cristianos, no se redime con el simple arrepentimiento. Tampoco alcanza casi nunca el perdón. No existe vacuna pero sí, al menos, medidas profilácticas para precaverse contra ella. La mesura es una. La segunda lo que decía Napoleón: cuando creas que te han ofendido, aguarda.
También recordar los viejos refranes, convertidos en este caso en recetas de la abuela: En boca cerrada, no entran moscas.
9 06, 2009
Ayer, comentaba uno en el gimnasio:
-Yo, en cuanto puedo, me subo a la sierra. Buenas botas, bastón. Un mapa, brújula. Mi lata de sardinas y un cacho de pan. Una chocolatina, por si me da la pájara. Sí, sólo. Estoy a gusto y no necesito más.
Se me ocurrió que ese hombre iba a ser feliz más veces que la mayoría de nosotros.
2 06, 2009
Dicen que, si pesamos a un ser humano antes y después de su muerte, encontramos con que en todos los casos pierde 21 gramos. Justo 21 gramos. Siempre, en todos los casos. Hay quienes opinan que ese es el peso del alma, el soplo vital o como queramos llamarlo. El peso de ese algo que nos anima, que hace de nosotros algo más que una suma de componentes químicos.
De ser cierta esa teoría, bien poco sería la proporción. En un varón de unos 80 kg, la porción de alma sería menos del 0,003 % del peso total. Poquito. Y sin embargo –siempre de ser cierto que eso fuese el alma o algo parecido-, sin esa fracción vital, no somos nada.
¿Y cuánto pesa el derecho al voto? Aún menos. Si le pesan a usted, a mí o a ese señor de la esquina, antes y después de votar, resulta que el peso no varía. El derecho al voto no pesa nada. Nada de nada.
Y, no obstante, cuando millones de ciudadanos ejercen su derecho al voto, los centros de gravedad de un estado varían de forma drástica. Y lo hacen para siempre. Cambia el curso de la historia, en una dirección u otra.
Tal vez sólo 21 gramos convierten a una masa de carbohidratos y proteínas en ser humano. Y la suma de votos que no pesan nada determina el rumbo de una nación. Es más. Ese intangible sin peso es lo que diferencia a un ciudadano de un súbdito. Un simple derecho que no puede cuantificarse en una báscula.
Qué cosas, ¿verdad? No pesará, pero ha de administrarse con cuidado. Y no solemos hacerlo. Ni siquiera lo valoramos. Y no es justo. Durante los siglos XIX y XX, millones de nuestros compatriotas las pasaron canutas y, en muchos casos, sufrieron exilio o incluso malas muertes para legarnos eso que, demasiado a menudo, desdeñamos.
Un solo voto no tiene peso. Todos sumados tienen un peso y un alcance infinitos. Por eso, por lo que significa, y porque es algo que hasta el más pobre de nosotros puede esperar legar al futuro, conviene manejarlo con atención. Hemos de votar en conciencia, según lo que nos dicten nuestras ideas y sentido común. Incluso no votar es una forma de votar, siempre que se haga con conocimiento de causa y no por simple vagancia. Hemos de respetar también el voto ajeno, aunque nos repatee.
El derecho al voto no pesará nada pero su alcance es tremendo. Lo hemos recibido –aún quedan vivos algunos que lucharon para que todos lo tuviéramos- y podemos y debemos trasmitirlo a futuras generaciones. Hemos de cuidarlo con tanto mimo como a la atmósfera o a los bosques. Si no por nosotros, por los que lo ganaron para todos y por los que vendrán después de nosotros. Es el patrimonio común.
27 05, 2009
Comentaba ayer con Sara que soy un tipo al que le está negada la depresión. Ella se reía, pero es verdad. A veces se me ocurre que, cuando las cosas salen mal, me gustaría tener derecho a tirarme en el sillón. A hundirme en la pasividad y a compadecerme de mí mismo. Y no puedo, no está en mi naturaleza. Es una puñeta.No me moriré de abatimiento, eso seguro. Me moriré un día de un berrinche. Cogeré un cabreo del quince y me dará un infarto, o un ictus. Fijo. Eso es lo que me sucede cuando las cosas se tuercen por culpa de terceros.
Para más inri, no sólo me está negada por mi naturaleza la depresión. También tengo la desgracia de ser, en ciertas cuestiones, muy racional. Envidio a los que disfrutan de esa capacidad de ver en cada revés una conspiración contra su persona e intereses. Tampoco puedo. Cuando uno tropieza, no es porque el otro te haya hecho la zancadilla a posta. Es que está a sus cosas y mete la pata. Literalmente, porque la mete en tu camino.
Así que la gente como yo, privada del derecho a la depresión y la conspiración, sigue con su vida y disfruta del sol –si es que luce, que es el caso de hoy-, o de la lluvia, en caso de que el tiempo sea desapacible. Jurando unas veces en arameo y otras veces con filosófico fatalismo, es cierto. Pero es que no nos queda otro remedio. No tenemos elección. ¿O sí?¿Sabe alguien de alguna academia donde enseñen, en un tiempo razonable, a deprimirse?
16 03, 2009
Constato que con la crisis y los avances hay dos especies urbanas en vías de extinción. De forma inevitable, dentro de no muchos años, habrán desaparecido del asfalto, luego de haber sido parte indisoluble del paisaje urbano, una de las dos desde su mismo nacimiento.La primera especie en vías de extinción son los kioscos de periódicos. Llevan años en declive, debido a Internet y la prensa gratuita, y la crisis ha sido un nuevo mazazo; en algunos casos la puntilla. En los alrededores de mi casa, en estos últimos meses, han cerrado tres y supongo que el paso de los años no hará sino menguar su número hasta que, a no tanto tardar, un día, al salir a la calle, caigamos en la cuenta de que ya no queda ninguno.La segunda especie, que desaparecerá aún más rápido, es aquello de preguntar a un viandante por una dirección. Ya están aquí los móviles con GPS y no puede demorarse mucho el día en el que todos lo incluyan. Entonces ya no será necesario recurrir a un peatón cualquiera cuando nos encontremos desorientados en un barrio desconocido. Y esa es la especie antigua que va a morir y en el plazo, supongo, de meses o un par de años. Nació con las urbes y, de repente, se va a esfumar. Quedarán, en su caso, vestigios, gracias a tecnófobos, ancianos y casos dudosos que el GPS no acierte a solucionar; pero será un triste residuo de una vieja forma de comunicación.
26 02, 2009
Volvíamos de San Sebastián de los Reyes, en el coche de un amigo. En la salida de la M-30 que da a la calle Costa Rica, parados ya en el semáforo anterior a la plaza, nos adelantó la moto de un guardia municipal con la sirena y luces puestas. Se saltó el semáforo, cruzó la moto, detuvo a los coches que giraban en la rotonda y comenzó a hacer gestos perentorios de que los autos del semáforo avanzasen.Puede que por lo inesperado, uno de los conductores de primera línea no debió entender la indicación y se quedó parado. Tendrían que haber visto cómo se puso aquel guardia, comenzó a hacer aspavientos furiosos, con voces destempladas y una expresión en el rostro, entre el desprecio y la furia, para la que no existe –creo- nombre en español, que el pobre conductor no merecía y que era del todo impropia en un agente del orden.El infeliz arrancó, y tras él todos los demás. Al volver la cabeza, curioso, vi que de la M-30 salían más motos de municipales y tres o cuatro de esos coches grandes, oscuros, de cristales tintados, en los que se mueven nuestros políticos por ciudad. Así que toda la cuestión se reducía a que aquel energúmeno andaba abriendo paso a algún poderoso –del gobierno central, autonómico o municipal- cuyo tiempo era demasiado valioso o su seguridad harto delicada para moverse al ritmo de los comunes mortales.No cuestiono que haya protocolos de seguridad establecidos para nuestros grandes hombres, desde luego sí lo hago con los modales de ese escolta. Pero el caso es que, viendo pasar como bólidos a aquellos coches, todos iguales, todos de cristales opacos, se me vino a la cabeza una historia que me contaron hace muchos años. El que me la contó decía a su vez que la contó en su clase uno de aquellos catedráticos venerables que osaron hacer oposición intelectual al franquismo y que acabaron expulsados de sus cátedras y en muchos casos extrañados a provincias que no eran las suyas. La historia era la siguiente:Iba (serían los años sesenta, supongo) un padre con toda su familia, de regreso a Madrid tras un domingo en el campo. Había tomado la carretera de la Coruña que, si ahora conoce atascos entonces, con un carril a cada lado, era todos los domingo tarde noche un infierno. Llevaban horas y horas en caravana, viendo los pilotos rojos de la serpiente de coches en la oscuridad, avanzando unos metros para luego detenerse durante minutos y minutos. De repente, aparecieron motoristas de la Guardia Civil que, sin ningún miramiento, comenzaron a ordenar a los conductores que echasen sus vehículos al arcén y, donde no lo había, a la cuneta.Obedecieron todos sin rechistar, claro. Se quedaron todos en el lateral durante largo, largo tiempo, el carril de entrada y el de salida vacíos hasta donde alcanzaba la vista. Sólo tras una espera interminable, vieron pasar, camino de Madrid, una pequeña caravana de coches grandes, negros, de cristales oscuros, escoltados por un enjambre de motos. Era el general Franco, claro, de regreso de Galicia, y era a él a quien habían abierto paso a lo largo de kilómetros y kilómetros de caravana de domingueros para que pudiese llegar a El Pardo sin que los conductores tuvieran que tocar el freno.Sólo tras su paso, pudieron los conductores volver al carril y a su paciente hilera de hormigas metálicas. Pero contaba aquel profesor a sus alumnos que el padre, antes de arrancar su auto y tomar su lugar en la caravana, se volvió en el asiento para encararse con sus hijos y decirles:-¿Os habéis fijado? Pues que no se os olvide nunca. Porque lo que habéis visto es pasar a un tirano.
19 01, 2009
A estas alturas no queda más que algún parche de nieve helada, en zonas de sombra. Restos de la gran nevada de hace diez días. En mi barrio, el más alto de Madrid Capital, estuvo nevando todo el viernes sin cesar, desde las ocho de la mañana a las diez de la noche. Todo quedó blanco y, como aquí hay gran número de inmigrantes, muchos de ellos de los trópicos y el ecuador, la calle estaba llena de muchachos maravillados que veían por primera vez la nieve.
El sábado a mediodía se abrieron las nubes pero, como soplaba aire de las montañas, no tardó en helar. Así que el domingo, cuando bajé a desayunar a una cafetería próxima, las calles estaban bajo la nieve y, sin embargo a pleno sol. Todo estaba lleno de reflejos de luz y uno tenía que caminar deslumbrado por el blanco, atento a no resbalar sobre el hielo, oyendo el susurro de los neumáticos al pasar los coches sobre el asfalto mojado. Pocas veces vemos en Madrid algo parecido.
Pero el sábado a media mañana aún nevaba. ¡Cómo nevaba! El cielo cerrado a plomo, el viento como un cuchillo y, a ratos, una niebla helada. Tuve que ir a esas horas hasta el Ensanche de Vallecas, un barrio nuevo, hijo de la burbuja inmobiliaria. Allí, de la noche al día, han surgido torres de viviendas y, como la recesión ha sorprendido al barrio en pleno crecimiento, hay edificios enteros sin habitar y otros reducidos a las vigas, porque la obra se paró por quiebra de la promotora.
Es un barrio de avenidas largas, rectas; de rotondas amplias, aceras anchas y con poca gente. Metro Valdecarros es ya el final de todo y, más allá, no hay más que campos. Aquel día, bajo los copos, estaba todo desierto, blanco. Por las llanuras nevadas corría un viento helado que, a ráfagas, arrastraba cortinas de nieve en polvo. Caminar por aquellas aceras heladas, entre el susurro de nieve al caer, oyéndola crujir bajo las zapatos, viéndola correr en torbellinos por los descampados y entre los rascacielos a medio construir, uno se sentía casi en el fin del mundo.
En esos momentos, lo que hice fue procurar salir de allí lo antes posible, en busca de algo de calor. Sólo más tarde, al recordar esa imagen de avenidas que dan al campo, batidas por rachas de nieve, se me ocurrió que aquello había sido único, algo que es muy difícil que vuelva a vivir, en el mismo lugar. Se me ocurrió también que siempre ocurre así; que lo único, lo extraordinario que encontramos, para bien o para mal, no lo reconocemos como tal hasta que ha pasado, y entonces ya es tarde para saborearlo y sólo nos queda echar la vista atrás.