Las islas sin nombre
Archivo de la categoría 'Memorias'
31 05, 2010
Volvía ahora a casa y me cagó encima una paloma. No me ocurría eso desde los ya lejanos años 80. Me sucedió en aquella ocasión mientras caminaba con una chica por los Cantones, en La Coruña. Que te cague una paloma es cualquier cosa menos romántico, desde luego. Pero lo cierto es que, mientras trataba de limpiar la manga de la cazadora con un pañuelo de papel, a los dos nos dio la risa. Y la risa, desde luego, es una llave maestra que abre casi todas las puertas…
2 02, 2008
Hace años bajé al Metro de Madrid justo tras una discusión. Iba con el ceño fruncido, abismado en mis cosas y fui pararme justo al borde del andén. Allí estaba yo, de ánimo sombrío cuando llegó por el túnel un de los trenes viejos, que lo hacían con un estruendo tremendo.
Se me ocurrió volver la cabeza y, para mi pasmo, el conductor, que venía dándole a esa manivela horizontal de los metros de antes, me estaba observando con expresión casi de pavor. Más tarde caí en la cuenta de que sin duda aquel pobre hombre, al verme justo al borde y con ese aire sombrío, se temió que me arrojase a las vías, delante del tren. Son muchos los que lo hacen y es algo que los conductores llevan muy mal, eso de arrollar a suicidas.
El caso es que yo a mi vez le miré con expresión de absoluta perplejidad y la de él, al advertirlo, se trocó en una de alivio inmenso. Había constatado el error y, esa vez al menos y en esa estación, no se le iba a arrojar delante para su horror.
Luego el tren siguió hasta ocupar todo el andén. Yo subí al vagón aún desconcertado por esa cara de miedo y sólo al rato de cavilar caí en la cuenta. Y entretanto, cavilando, ya se me había ido el enojo, que por cierto no recuerdo a qué se debía.
28 05, 2007
Te amo sueño del viento
confluyes con mis dedos olvidado del norte
en las dulces mañanas del mundo cabeza abajo
cuando es fácil sonreír porque la lluvia es blanda
En el seno de un río viajar es delicia
oh peces amigos decidme el secreto de los ojos abiertos
de las miradas mías que van a dar en la mar
sosteniendo la quilla de los barcos lejanos
Yo os amo —viajadores del mundo— los que dormís sobre el agua
hombres que van a América en busca de sus vestidos
los que dejan en la playa su desnudez dolida
y sobre las cubiertas del barco atraen el rayo de la luna
Caminar esperando es risueño es hermoso
la plata y el oro no han cambiado de fondo
botan sobre las ondas sobre el lomo escamado
y hacen música o sueño para los pelos más rubios
Por el fondo de un río mi deseo se marcha
de los pueblos innúmeros que he tenido en las yemas
esas oscuridades que vestido de negro
he dejado ya lejos dibujadas en espalda
La esperanza es la tierra es la mejilla
es un inmenso párpado donde yo sé que existo
¿Te acuerdas? Para el mundo he nacido una noche
en que era suma y resta la clave de los sueños
Peces árboles piedras corazones medallas
sobre vuestras concéntricas ondas —sí— detenidas
yo me muevo y si giro me busco oh centro oh centro
camino —viajadores del mundo— del futuro existente
más allá de los mares en mis pulsos que laten.
Vicente Aleixandre
14 03, 2007
En algo menos de un mes, me iré de viaje por casi cuarenta días a Argentina. Vuelvo, exactamente, dos años después de ir la primera vez. Va a ser un viaje muy distinto, ya que esta vez viajo para revisitar lugares que conocí, conocer otros nuevos que se quedaron en el tintero y encontrarme con los amigos que hice allí. Por qué fui la primera vez, es otra historia.
Un viaje muy distinto. Y también yo soy un hombre muy distinto, por muchos motivos, al que se fue en aquel entonces, aunque haga tan poco de ello. Pero el tiempo podrá ser lineal, pero no pasa a velocidad uniforme.
Decía algún sabio que nunca verás pasar dos veces el mismo río. Tampoco harás dos veces el mismo viaje; porque el viaje nunca es el mismo, cierto, pero también porque tú tampoco serás nunca la misma persona que viajó por primera vez.
5 09, 2006
Hará tres o cuatro años leí en el periódico que un hombre con el que navegué en tiempos, se había ahogado. Era tripulante de un pesquero pequeñito que naufragó en las costas gallegas, supongo que mientras se dedicaban a la bajura. El caso es que este hombre y yo coincidimos en un petrolero allá a comienzos de los 90.
Entonces, él era bombero –lo que en la marina significa que se encarga de las bombas para el trasiego de petróleo, y no del apagado de incendios, como en tierra- y lo que voy a contar sucedió mientras cargábamos junto a una de las plataformas de Abú Dabi, en el Pérsico. Alguna de las alarmas debió saltar, porque el capitán me envió con un bombero, este hombre, al cuarto de bombas, a comprobar que todo estaba bien. Eran ya horas altas de la noche, y llevábamos un montón de horas en pie, con los mil problemas que dan esas operaciones en barcos muy grandes y demasiado viejos.
Los cuartos de bombas están, para entendernos, en lo más hondo de pozos que corren de arriba abajo toda la altura de los petroleros. Hay que bajar por tramos y tramos de escaleras, hasta llegar ahí abajo. Cuando lo hicimos, fue para encontrarnos con que en una de las tuberías, de puro vieja, se había abierto un poro; es decir, un pequeño agujero por donde escapaba el petróleo. Yo, que era el oficial, llamé al puente para informar y me dijeron que iban a ordenar a la sala de máquinas que parasen esa bomba. También nos pidieron que nos quedásemos a comprobar que se detenía la fuga.
Así lo hicimos. El problema fue que comenzaron a pasar minutos, el petróleo se seguía escapando, el poro se hacía cada vez más grande, y allí no se detenía nada. Llamé una vez al puente y me dijeron que iban a insistirle al maquinista de guardia. Y sí, pero nada. Así que, con cada vez más petróleo allí abajo, el bombero y yo nos miramos una vez y, sin cambiar palabra, salimos los dos corriendo, escaleras arriba.
El problema de esas fugas de petróleo es que parte se convierte en gases. Y esos gases no huelen pero matan. Dicen los que han visto morir a hombres por culpa de escapes parecidos que no los notan, que de repente se caen redondos, como pajaritos en las minas con grisú. A mi no me parece una muerte envidiable. Así que fue una carrera realmente horrible, con la lengua fuera, subiendo tramo tras tramo de escalera, con la idea de que, en un momento dado se podía apagar todo, para siempre.
Llegamos arriba ahogados, empapados en sudor, y mira que se suda en el Pérsico. Luego pedí explicaciones de qué había pasado. Por lo visto, los del puente habían olvidado decir que había que parar la bomba de inmediato, porque había una fuga, y hombres allá abajo. Y el maquinista, que estaba a diez cosas y al que los mandos de las bombas le pillaban algo retirados en aquel momento, decidió por su cuenta y riesgo que ya la pararía… cuando tuviese tiempo. En fin, son cosas que pasan. Al día siguiente coincidí con él en la comida y no le dije nada. ¿Para qué?
El caso es que cuando llegamos arriba el bombero y yo, y salimos a cubierta, a respirar ese aire recalentado, lleno de olores salinos y hedor a combustible, que es tan típico de las cargas en el Pérsico, nos quedamos un buen rato junto a la borda, jadeando. Recuerdo perfectamente que me dijo entonces, casi sin resuello.
-Esto es demasiado para mí. Lo llevo pensando y, en cuanto pueda, dejo esto. Voy a contenerme un poco, a ahorrar algo y a hablar con amigos, a ver si me buscan algo en la pesca. Será mejor que esto, y encima podré estar más con la mujer y los chicos.
Luego yo me desembarqué y no volví a saber nada de él hasta que leí su nombre y dos apellidos en la noticia del periódico. Así que supongo que logró dejar la mercante y conseguiría un puesto de marinero o mecánico –ahí no lo decía- en cualquier pesquero, que él consideraba más seguro.
Ya ven cómo son las cosas.
4 06, 2006
El otro día bajaba por una calle cercana y me di cuenta de que había dos crías paradas junto a una valla, observando algo embobadas. Eran la una y media pasadas, y la calle estaba llena de chavales cargados con mochilas, así que aquellas dos debían haber salido, como los demás, del colegio, y estar camino de casa. Al acercarme, no pude evitar mirar con disimulo, tratando de averiguar qué las había hecho detenerse.
Se trataba de una lagartija.
Supongo que tenían motivos para haberse detenido. Hace ya años que las lagartijas desaparecieron de este barrio. Pero es que hace años que los edificios han devorado, primero campos y luego descampados, hasta no dejar en abierto más que unos cuantos jardines. No siempre fue así. Nada fue siempre como es. Cuando yo tenía la edad de aquellas dos niñas, la ciudad acababa prácticamente ahí. Más allá de donde estaban esos edificios, se abrían descampados que llegaban hasta la vía del tren y, más allá, si te dabas el paseo y cruzabas por el túnel bajo las vías, campos trigueros.
En esa época, mis amigos y yo cazábamos multitud de lagartijas; incluso una vez atrapamos a un lagarto, uno grande y verde (ahora eso sería delito). También había murciélagos; multitud de ellos, que salían a revolotear en cuanto oscurecía, en pos de los mosquitos. Esos hace también mucho que han desaparecido. Pero eso es otra historia.
El caso es que al ver aquella lagartija, pegada al muro de la pared, al sol, y las dos niñas que la miraban arrobadas, cuando esos bichos eran tan cotidianos hace no tanto que nadie reparaba en ellos, excepto como molestia, recordé algo. Recordé que, en tiempos, mi madre me contó que la casa en la que nací, en medio del Pinar del Rey (no del barrio, sino del propio pinar), era la única por allí, con la excepción de Villa Rosa, que era una sala de fiestas, muy famosa en los años 50. Luego estaban casas dispersas, entre la Ciudad Lineal y Hortaleza. También contaba que, como era la única casa con teléfono (recuerdo que, hasta que nos mudamos, en 1970, ese número era el 2000001; no es broma), cuando la gente tenía una emergencia, acudía allí a llamar a la puerta, para que le dejasen llamar. Y, fuese la hora que fuese, se les atendía sin un mal gesto. Eran otros tiempos.
También recordé que mi abuela contaba que, siendo ella joven, un médico para el que trabajaba y al que luego dieron el paseíllo en la guerra (qué bando y por qué lo ignoro; y, total, a estas alturas no sé si importa mucho) decía que, algún día, Madrid llegaría hasta el pueblo (hoy barrio) de Fuencarral. Y que había amigos suyos que se reían de tal afirmación.
Así que quizá sea bueno que resista la tentación de, a mi vez, contarle a mis sobrinos que, cuando yo era pequeño, el barrio estaba formado por casas bajas más o menos dispersas, y colonias de bloques de poca altura, entre campos y descampados. O tal vez no me resista. Después de todo, quizá sea una pena que, por mi parte, deje perder esa tradición inconsciente de recordar, de pronto y en voz alta, como los límites del mundo inmediato, cuando uno era un niño.
26 03, 2006
Hace mucho, mucho tiempo, leí un cuento de ciencia-ficción del doctor Álvarez Villar que contaba más o menos lo que sigue.
Allá por el siglo XVI, cayó en el Atlántico una nave extraterrestre averiada. Acertó a pasar por las inmediaciones un galeón español y sus tripulantes, confundiendo la astronave con algún buque de herejes ingleses, lo abordó. Como la nave iba protegida por un campo de fuerza, todos los tripulantes del galeón perecieron en una gran deflagración, excepto dos: un cura y un hidalgo.
Los extraterrestres se llevaron a aquel par de bárbaros primitivos a su planeta y, una vez en él, les mostraron las maravillas de su raza: las fábricas, las investigaciones científicas, los avances. Sin embargo, eso ni inmutó a los visitantes, para asombro de la raza estelar. Tratados como huéspedes, se dedicaron a recorrer el planeta sin cambiar de color ante las maravillas que se les mostraban. Al contrario, el hidalgo empleaba su tiempo en tocar la vihuela, componer poemas y requebrar a las damas, en tanto que el cura no pensaba sino en disquisiciones filosóficas.
Al cabo del cuento, los extraterrestres se veían obligados a deportar a aquellos dos, viendo que su juventud se corrompía ante su influjo. Que abandonaban los estudios, las investigaciones y el trabajo para dedicarse a las artes y a la polémica.
Cuando lo leí, con cerca de 20 años de edad, pensé: buena metáfora de cómo nos va de pena a los españoles, siempre ganduleando y perdiendo el tiempo mientras otros se dedican a cosas útiles y progresan.
Lo gracioso del caso –lo curioso de las bromas que gasta la memoria- es que ahora, cuarto de siglo después, se me ocurre lo contrario. Que lo tonto es deslomarse en exceso, amasar y acumular para nada (o más bien para otros, en el fondo). Que los listos en el fondo eran el cura y el hidalgo. Que ellos sí que sabían vivir la vida.
21 03, 2006
Pocas cosas hay tan traidoras como la memoria. Se reajusta, varía y muta según pasa el tiempo. ¿Cuántas veces habremos tenido discusiones con alguien porque el recuerdo que esa persona tenía de un suceso difería de forma radical del que teníamos nosotros? Esa alteración de las memorias puede que sea un mecanismo de adaptación y tenga sus ventajas, no me cabe duda, pero a veces resulta un poco inquietante. En ocasiones puede caberle a uno la sospecha de que su existencia está edificada encima de arena, sobre recuerdos que sólo en parte son reales.
Gore Vidal, en el comienzo de su novela Mesías, tiene un párrafo muy jugoso al respecto de la memoria, que dice así:
«Envidio a esos cronistas que afirman con despreocupada pero sincera desenvoltura: «Yo estuve. Vi lo que ocurría. Fue así». Yo también estuve, en todos los sentidos de la palabra, mas no me creo capaz de describir con alguna exactitud los diversos acontecimientos de mi propia vida, aunque aún los recuerde de un modo intensamente vívido… Quizá sólo sea porque creo que todos somos traicionados por esos ojos de la memoria, tan mudables y particulares como aquellos con los que miramos el mundo material, pues la visión va variando, como suele ocurrir, desde los primeros a los últimos momentos de la vida».
Mejor glosado, imposible.