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Las islas sin nombre

Bitácora personal de León Arsenal

Archivo de la categoría 'Viajes'

De cultura
15 07, 2008


Anoche recalé en un restaurante llamado Clásica y Moderna, donde José Sacristán realizó un monólogo o lecturas de textos de Fernando Fernán Gómez. Yo había reservado un sitio en barra y, durante la inevitable demora del comienzo, común en estos actos, estuve charlando con mi vecina de taburete, una mujer de obvia cultura. Fue una conversación agradable y, en la casi hora que se dilato la espera, hablamos un poco sobre libros, un poco sobre teatro (soy un inculto en tal cuestión, lo admito), un poco sobre la vida cultural que tiene Buenos Aires, a pesar de todas las vicisitudes que ha vivido, y vive, la Argentina. Después comenzó la representación y, como es lógico, callamos para escuchar la voz poderosa de Sacristán y los tangos que se intercalaron entre las lecturas.

Esta entrada es porque no dejo de pensar que aquí, en un encuentro casual, es más fácil trabarse en conversación al paso sobre temas culturales que en Madrid (sobre política y para maldecir al gobierno es igual, más o menos). Esa es mi impresión, o será que a lo mejor por acá me muevo por lugares distintos. Pero no creo. Me parece que los españoles tenemos alzado un muro más sólido en ciertos temas, de forma que no los exponemos con tanta facilidad, no sé por qué absurdo motivo. Que para las conversaciones de pasada nos limitamos a los tópicos de tiempo, política con cautela, fútbol y cosas así, que no está mal, pero que no debiera ser lo único.

En fin, que ese es otro de los motivos por los que me agrada tanto Buenos Aires.


Codo con codo
6 07, 2008


Hoy regresaron el frío y las brumas a Buenos Aires, pero ayer tuvimos un día de verano en pleno invierno, con picos de 27ºC. Pero, no obstante, estamos ya en invierno y oscurece pronto, así que con la noche me fui a dar una vuelta por la calle Corrientes y el Microcentro que, a esas horas, era un hormiguero. A falta de algo mejor, sobre las ocho, fui a sentarme en las gradas de la gran plaza del Obelisco, que está cortada en dos semicírculos justo por los carriles para autos que unen los dos tramos de Corrientes, a ambos lados de la avenida 9 de Julio. Había allí, en esas gradas, todo tipo de gentes: locales, inmigrantes bolivianos (digo yo que serían bolivianos, tampoco soy un experto en identificaciones étnicas a simple vista) y, por supuesto, turistas de toda condición y procedencia.

Había también una banda de indigentes bastante mugrientos y, justo cuando yo iba a sentarme, uno de ellos se llegó a los policías que regulaban el tráfico, para pedirles ayuda. Uno de los sin techo, casi desnudo, se estaba retorciendo con las manos al estómago. Los policías le examinaron, llamaron a una ambulancia y luego se volvieron a regular el tráfico. El pobre tipo parecía estar poniéndose cada vez peor, se revolcaba, lanzaba bramidos de dolor que a veces eran tan altos que llegaban a donde estaba yo sentado, a sus buenos 25 metros.

Lo curioso es que, mientras ese indigente estaba ahí tirado, sobre la grada de piedra, a dos pasos, literalmente, estaba toda esa gente que he dicho, unos haciéndose arrumacos, otros sacándose fotos con el móvil, como si el enfermo fuese invisible. Incluso buena parte de sus compañeros le ignoraban o seguían con sus cosas y de vez en cuando, cuando lanzaba una voz de dolor en especial fuerte, le echaban una mirada de soslayo, más de fastidio que de otra cosa. Luego, ayudado por un par de amigos más compasivos, se incorporó lo suficiente y, de golpe, entre arcadas estruendosas, comenzó a echar los hígados.

Mano de santo, oiga. Los repugnantes sonidos, la visión del vaciado de ese estómago enfermo y los hedores consiguientes hicieron que todos –lugareños, inmigrantes, turistas de todas latitudes- recobrasen de golpe la percepción de cuanto les rodeaba. A una iniciaron una desbandada que dejó una veintena de metros desiertos en torno al enfermo.

En nuestra sociedad, la miseria, la opulencia y todos los grados intermedios se codean a menudo. Tal vez sea mejor así, y no dejarla escondida en guetos. Tampoco hay que esperar que todos tengan temple de buen samaritano (yo, sin ir más lejos, carezco de él). Pero ¿es necesario ignorar hasta ese punto a las personas? ¿No es de mal gusto  que la gente esté parloteando y sacándose fotos mientras un hombre se retuerce y grita de dolor a dos pasos, sin darse ni por aludida de su existencia?

En fin. En cuanto al pobre diablo, primero se presentó un patrulla de la policía y luego una ambulancia con un único sanitario. Este último, tras examinarle, bajó una camilla. En ella le cargaron entre los policías y el par de indigentes que se habían preocupado de él. Se le llevaron en la ambulancia, volvieron los ociosos a las gradas y los sin techo parecieron respirar de librarse de esa presencia incómoda. En fin, que como decía el gran Cervantes, fuese y no hubo nada.

 



Fui ayer a pasear por el cementerio de la Recoleta. Es algo que he hecho las tres veces que he venido a Buenos Aires. Las tres he visitado también la tumba de Martín de Alzaga, que está custodiada por dos leones, el uno vigilante y el otro dormido. Pero el caso es que ayer amaneció un día harto desabrido, frío y con nieblas. Eso, y lo relativamente temprano de la hora, hizo que me encontrase con que estaba paseando por un cementerio desierto. Es todo un lujo. El cementerio de la Recoleta está considerado el más bello del mundo, después del de Génova. Está lleno de panteones, estatuas, monumentos y, de forma inevitable, de multitud de turistas (como yo mismo, me apresuro a señalar).

Poder pasear a solas por esas avenidas de panteones, efigies y cipreses es algo que sin duda no se puede hacer muchas veces. Hasta los grandes gatos se habían retirado a cubierto. No sé si se cerrará algún día de la semana el cementerio. Si no se hace, tal vez debieran. Es verdad que si se construyeron esos panteones fue como monumento y escaparate, pero también que los que allí están necesitan sosiego. Somos paradójicos en vida y no dejamos de serlo ni en la muerte.


El diluvio, amigos.
6 05, 2007

 

La otra noche, en Buenos Aires, me acerqué a cenar a la avenida Santa Fe y, mientras estaba sentado, comenzó a diluviar. Como el resto de los comensales, aguardé resignado, tomando un café, a que parase de llover o, siquiera, aminorase un poco. Fue inútil y, a la postre, tuve que echar mano al paraguas y salir bajo un chaparrón torrencial. La calle Callao se estaba ya inundando y la gente iba como podía, sorteando zonas en las que te hundías hasta casi el tobillo en el agua.

            Anoche aquí, en Montevideo, donde estoy ahora, una amiga me llevó a pasear por la rambla, uno de los orgullos de la ciudad. Soplaba un viento a lo largo de ese paseo marítimo que parecía que quería llevarse volando a la gente; doblegaba las copas de los árboles, aullaba. A la postre, también comenzó a llover con gota gruesa, y ya no paró en toda la noche.

            Ahora, si me asomo a la ventana, que da a esa rambla y al mar, aunque no llueve, puedo ver algo que es como la estampa tipo del Atlántico –sur, en este caso-. Un día frio, ventoso, de luz plomiza, con los cielos cubiertos de nubes de tormenta y un mar gris y alborotado, lleno de espuma. Amenaza tormenta y, si uno sabe mirar, puede llegar a distinguir a lo lejos un buen número de cargueros, yendo o viniendo, porque este parece un puerto con bastante tráfico.

            Me dicen que en Buenos Aires está otra vez diluviando. Llueve y llueve sin parar, por esta parte del mundo. Luego saldrán los de siempre a quitar hierro al asunto: que si son ciclos, que si no hay pruebas fidedignas…

            Me temo que la realidad es tozuda, y suele acabar venciendo a los charlatanes de toda ralea: a los alarmistas, sí –que también los hay, los apocalípticos-, pero también a los pesebreros que echan la manta sobre los hechos, con la esperanza de que no muerdan. En vano, claro. Los gusanos acaban siempre asomando, convertidos en víboras llenas de ponzoña, tras esa estancia en la oscuridad.


Los platos del título son los algo a la nacional (de uno). Y me explico. Si sales fuera de casa y ves x a la española (en caso de que seas español), cómelo seguro, porque fijo que no tiene nada que ver con lo que se hace en casa. Eso no quiere decir que el plato sea malo, al contrario; puede estar de muerte.

Ayer comí en un sitio modesto, y lo hice porque a la puerta ponía: Plato del día, lentejas a la española. Y las lentejas a la española eran el plato que se podría haber comido Otilio (el de Pepe Gotera y Otilio, el tragón por excelencia). Casi era una lenteja, un trozo de chorizo, una lenteja, un trozo de carne, etc.

Estaban riquísimas, eso sí. Pero, la verdad, yo nunca he visto en casa hacer unas lentejas con tanta sustancia. Siempre ocurre así. Y supongo que les ocurre a todos: a saber las extravagancias que se encuentran los de aquí cuando visitan España y se les ocurre pedir un lo que sea «a la argentina».

En todo caso, háganme caso. Si en cualquier lugar del mundo ven algún plato, «a la española»; pídanlo sin dudar.


En algo menos de un mes, me iré de viaje por casi cuarenta días a Argentina. Vuelvo, exactamente, dos años después de ir la primera vez. Va a ser un viaje muy distinto, ya que esta vez viajo para revisitar lugares que conocí, conocer otros nuevos que se quedaron en el tintero y encontrarme con los amigos que hice allí. Por qué fui la primera vez, es otra historia.

Un viaje muy distinto. Y también yo soy un hombre muy distinto, por muchos motivos, al que se fue en aquel entonces, aunque haga tan poco de ello. Pero el tiempo podrá ser lineal, pero no pasa a velocidad uniforme.

Decía algún sabio que nunca verás pasar dos veces el mismo río. Tampoco harás dos veces el mismo viaje; porque el viaje nunca es el mismo, cierto, pero también porque tú tampoco serás nunca la misma persona que viajó por primera vez.


En las Navidades de hace unos pocos años, enterramos a mi abuelo paterno. Era el último que me quedaba y, como había nacido en 1903 y llegó a los 98 años, alcanzó a ver este siglo. El día que murió era de invierno de verdad, caía una nevada tremenda sobre Madrid y tuvimos la fortuna de que mi amigo Javier pudiese acercarse a casa de mis padres, entre la nieve y el hielo, a firmar el certificado de defunción.

            Para el entierro, el temporal había amainado, pero había dejado nieve por todos lados y grandes placas de hielo. Fue en la Almudena, partiendo de esa iglesia modernista tan extraña que hay en el cementerio, hasta llegar a los nichos. Porque mi abuelo tenía allí su nicho esperándole desde hacía décadas, pagado religiosamente en cuotas mensuales, como hacía la clase trabajadora en este país antaño.

            Allí también está el nicho de mi abuela, su esposa, que se fue unos treinta años antes que él. Y mientras los operarios ponían la lápida provisional, con cuatro pegotes de cemento, me fijé en algunos de los nichos. Allí también están enterradas dos personas –hombre y mujer- de nombres y apellidos que suenan a oriental, aunque no podría precisar de dónde, muertos también hace mucho. Y, aún más abajo, una mujer a la que a su nombre añaden Marquesa de… (los puntos suspensivos es porque no recuerdo bien el título y no me gustaría errar).

            ¿Qué mareas de la vida llevaron a esos dos orientales hasta Madrid, para acabar aquí sus días? ¿Qué hizo que alguien con el título de Marquesa fuese enterrada en nichos para obreros de los de antes? Misterios. Los cementerios, si uno los recorre y va fijándose en los detalles, le traen a uno muchas preguntas, muchas posibilidades de historias y son a veces el último testimonio de aventuras y peripecias vitales ya olvidadas por todos, con el tránsito de los muertos.


Huyendo del sol
22 11, 2006

Voy a acabar identificando el viajar en avión con las madrugadas. Con la oscuridad, con ese frío destemplado de última hora de la noche, con la luz gris del alba, con ese aire desangelado que tienen los grandes espacios públicos a ciertas horas intempestivas.

            Por alguna razón, tengo vuelos siempre a esas horas, y es una imagen que se me va fijando poco a poco. Recuerdo cierta vez que tuve que levantarme a las cinco para coger el primer vuelo del puente aéreo a Barcelona. Estaba nevando, todo estaba cubierto de blanco y la T4, entonces recién estrenada, resultaba fantasmal. Me recuerdo también en Aeroparking, en Buenos Aires, esperando para embarcar rumbo a El Calafate, en la terminal que a esas horas estaba casi desierta, sin viajeros y con casi todos los mostradores cerrados.

            El otro día me tocó de nuevo volar a hora temprana. Despegamos a las ocho de la mañana, rumbo a Lisboa. Ya empezaba a apuntar el sol pero, como el viaje era hacia el oeste, volaríamos en la oscuridad, por delante del sol.

            Sin embargo, en un momento dado, al ganar suficiente altura, el sol de la mañana nos alcanzó de repente. Se esfumó la negrura como por arte de magia y, al mirar por la ventanilla, nos fue posible contemplar un paisaje de portento, hecho con cielo azul y nubes blancas.

            Bajo el avión había cúmulos y cirros. El sol no llegaba tan abajo y, a la vista, eran como arrecifes en sombras sobre los que volaba la nave. Arriba estaba el azul de primera mañana y, flotando en él, cúmulos enormes de un blanco resplandeciente, porque el sol les tocaba de lleno. Eran como islas prodigiosas en un mar de fábula. Como islas, sí, sin nombre. Esas mismas que buscan en vano los viajeros cansados.

            Y así, durante largo rato, volamos por aquel mar milagroso. Luego, el avión comenzó su aproximación a Lisboa. Descendimos hacia esas nubes en sombras, bajo la línea del sol. Nos internamos en ellas. Y así fue como todo se esfumó y regresamos una vez más a la oscuridad.


Esta mañana, una pareja de mejicanos, con aspecto de mejicanos, andaban bastante agobiados, tratando de que alguien les dijese dónde estaba la boca de Metro de Tirso de Molina. Como no les respondía nadie, estábamos en la misma plaza de Tirso de Molina y la boca del metro a cinco metros, yo se lo he indicado. Lo que no sabía esa buena pareja era que nadie les contestaba no por hostilidad, sino porque en domingo, a ciertas horas y en esa plaza, es mucho más fácil encontrar a alguien que no habla español que a un indígena. La plaza es aledaña al Rastro y, a esas horas, verdaderas hordas de turistas extranjeros se precipitan hacia la zona.

            En esa plaza, de toda la vida, he conocido una especie de contra-rastro, hecho de tenderetes anarcopunki, con la adición de algún gitano inevitable, que vende pilas y otras baratijas a la salida del metro. Está ahí desde siempre –referido ese siempre a mi experiencia-. Cuando iba hacia el Rastro, con diecisiete, ya estaban las mesitas, y ahí siguen. El problema es que han pasado muchos años. La verdad, ver tipos de cuarenta y tantos, con la barriga crecida y el pelo menguado, llevando camisetas del Ché sin mangas y con los sobacos al aire, crestas teñidas (en algunos casos ralas) y demás parafernalia, resulta chocante. Cada cosa tiene su edad, aún eso.

            Nada tiene de extraño que a los tenderetes anarcos se unieran, hace ya décadas, los punkis. Los primeros son a los anarquistas lo que los segundos a los nihilistas, una variante macarra y barriobajera de los mismos, y la fusión era casi inevitable. Pero luego ahí han ido recalando otras clases de gentes y productos ideológicos de más difícil explicación, desde grupúsculos comunistas a nacionalistoides. Han desaparecido tenderetes, puede que por fatiga o por la reforma última de la plaza. Ya se esfumaron, hace mucho, los chiringuitos troskistas, maoístas y demás. Y algún recambio ha habido.

            Hoy, precisamente, me he fijado que había una mesa ocupada en su mitad con libros de tangos y el resto con biografías (hagiografías más bien, supongo) de Fidel Castro, así como algunos folletos sobre un desaparecido en concreto en Argentina. Algo más allá, un puesto con un par de chavales más jóvenes que era como el paradigma de ese mercadillo. Tenían muñequeras y banderitas de ERC (sí, lo juro), ikurriñas, de la II República y de Jamaica (supongo que por la marihuana). Súmese todo eso a las sempiternas camisetas del Ché. Mayor batiburrillo de ideologías contrapuestas al anarquismo, imposible.

            Pero es que ese lugar se ha convertido en una especie de Parque Jurásico de doctrinas cansadas, estéticas caducas y movimientos contraculturales periclitados, cuyos últimos practicantes van ahí recalando y sumándose al resto. Y lo que me preguntaba hoy era si, cuando todo eso desaparezca, echaré de menos a esos fósiles. Supongo que no. Un día, algún año, pasaré camino del Rastro y, me daré cuenta, con cierta sorpresa, que hace ya tiempo que no veo a ningún tenderete de esos. Todo lo más, algún futuro cronista de la Villa le dedicará unas líneas en el futuro, tal que así: Hubo, entre el último cuarto del siglo XX y los primeros años del XXI, una especie de apéndice al Rastro, situado en la Plaza de Tirso de Molina donde se daban cita…

            No sé cuanto dinero puede uno sacar de vender productos así. Pero lo cierto es que el Rastro está lleno de tenderetes que venden las cosas más extrañas. Hoy mismo me preguntaba quién tiene el valor de parar en ciertos puestos y comprarse dos calzoncillos a tres euros, cuando todo el mundo le está mirando. La verdad, se necesita valor, al menos a mi entender. Además, hoy estaba hasta los topes. Yo me había acercado, aprovechando que el cambio de hora me daba tiempo. No contaba con que todos han hecho lo mismo y, a las once de la mañana, estaba atascado en plena Ribera de Curtidores. Eso, por listo.

            Más tarde he recalado en la plaza de Vara del Rey. Esa plaza despierta en mí recuerdos encontrados. Siempre ha habido ahí ropavejeros, quincalleros y gente vendiendo antigüedades. Pero lo que recuerdo de cuando tenía quince años, era ir y descubrir que había tipos que vendían monturas de gafas usadas. Eso podría parecer prosaico, si no fuese porque también vendían crucifijos de metal, de los que se ponen en los ataúdes. No sé si será cierto, pero un amigo me dijo por aquel entonces que tanto unas como otros procedían de los restos de cementerio, de cuando se abrían las tumbas, pasado el plazo, para echar lo que quedaba al osario.

            Ya han desaparecido esas cosas del Rastro, o hace mucho que no las veo. Además, en esa plaza hay cosas más agradables. En el centro, se encuentran cuatro o cinco puestos de minerales. Ahí me he detenido y, tras remirar, me he comprado una aguamarina, de Brasil decía la etiqueta. Me la he echado al bolsillo y ahí sigue.

            También en esa plaza, me he comprado una pulsera, de cuero y acero. El tipo me ha timado y me ha colado caucho por cuero. En todo caso, es bonita y me la he puesto. No me he enfadado. Primero de todo, porque, después de todo, ya de por si la pulsera es imitación de una de marca, mucho más cara. Segundo, porque a este nivel, cuando te timan en el Rastro, no te están en realidad estafando, sino haciendo valer la vieja tradición de engañar al comprador. Es una cuestión más bien deportiva.

            Además, hoy he salido del Rastro en empate, cosa que no se puede decir siempre. Un tipo ha tratado de venderme unas gafas de leer (de esas que llevas en el bolsillo, para no sacar las buenas; no me tengan por cutre) por el doble casi de su valor. Se lo he visto en los ojos y no he picado. Luego las he comprado en otro sitio por mucho menos. Así que salgo contento. 1-1.

            1-1. Y eso en mi caso es difícil. Pese a que tengo cara de mala uva, todo el mundo, desde que tengo uso de razón, ha tratado de timarme cuando voy a comprar algo. Es algo a lo que ya me he resignado. Puede que tenga además cara de tonto, o tal vez, precisamente porque tengo cara de mal genio, muchos vendedores no se resisten a la tentación de tratar de meterme un gol. Digo yo que será por eso.


Nuevo Baztán. foto
8 05, 2006