Me contaban que una escena que se da de forma recurrente y por doquier en el África subsahariana es la que se da a la llegada de un grupo de europeos. Los niños se acercan con la esperanza de que los visitantes les regales bolígrafos.

Sí. Bolígrafos. El sol deslumbra, el calor es mucho, sopla un aire sofocante y polvoriento entre las cabañas y, los críos, en grupos no muy grandes, esperan ese regalos. En muchos sitios, la pobreza es grande, por no decir extrema, y un bolígrafo o un cuaderno es un gran don para esos niños que viven a poco más de uno o dos palmos por encima del nivel de supervivencia.

No pocos visitantes de latitudes más favorecidas han cogido la costumbre de acudir con un poco de material escolar básico en sus visitas a esas tierras. Nada tiene en sí de malo. Al contrario, con muy poco provees a mejorar un poco la educación y también quizá el ocio de esos chicos. Pero, claro, como bien dicen los cristianos, ocurre que a menudo «el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones».

Los niños aprenden rápido. Muy rápido. Y han aprendido que los extranjeros les traen esos regalo. También que acudir a pedirlos suele generar esa recompensa. Y, poco a poco, eso ha ido en muchos casos convirtiéndose en una transacción viciada.

Sin querer y una vez más, hemos creado una lógica de dependencia. Mínima pero dependencia. No debiera ser que la visita fuese una economía de detalles. Los de allá se instalan en la idea de que los visitantes europeos —entre otras cosas— es una suerte de dispensador de regalitos para los pobres niños.

¿Esto diciendo que no hay que llevar material escolar básico? No. Solo aludo a que es bueno que reflexionemos sobre cuanto hacemos. Y no veo positivo el sustituir la solidaridad por un mero asistencialismo de baja intensidad. Este tipo de ayudas directas, repetidas sin objetivo, acaba por convertirse en costumbre y crear expectativas. Los niños, en sí, no hace nada malo. Se están adaptando, igual que haríamos nosotros si cada turista que pasase por nuestro barrio regalase algo.

¿Cuál es la solución a este dilema? No lo sé. Allá en Fada, en el norte del Chad, se nos acercaron tres niños y dos de ellos se llevaron boli. El tercero no, porque quien se los regaló solo tenía dos. Yo, que lo presencié, me quedé unos segundos viéndoles marcharse y en duda.

¿Qué hice al final?

Pues, ¿qué podía hacer? Llamé con un par de voces al más desfavorecido de los tres y, rebuscando por mis bolsillos, encontré uno de mis bolis. Siempre viajo con varios, porque tiendo a perderlos. El chico volvió al galope, claro, cogió el boli obviamente contento, pero si dar las gracias —cosa que por esos pagos no se estila— y se marchó a la carrera para reunirse con sus dos compañeros.

¿Incongruencia? En absoluto. Es lo mismo que si vemos a alguien herido en la calle: sin importar que sea partidario de la existencia de UVIs móviles, le ayudamos. Una cosa no quita la otra y, como bien decía Séneca, in ipsa harena capitur, illic gladiator deliberat. Se decide en la misma arena, es ahí donde el gladiador valora.