El puñal del tubu

Allá tan lejos, en el norte del Chad, ni siquiera la presencia —tan rara— de agua corriente mitiga el sofoco del calor espantoso ni la cualidad polvorienta del aire. Al contrario, porque la humedad añade una cualidad pegajosa sin llegar a refrescar.

Así fue, al menos, la jornada en la que acampamos junto a la Guelta d’Archei, con intención de recorrer esa garganta por la que fluye la corriente, ahora en parte reducida a arenales, ver a los camellos abrevar a primeras horas y, con un poco de suerte, atisbar al último de los cocodrilos que aún subsisten ese paraje.

Ocurre que, al regresar de esa escapada, tan sudados como sedientos, nos encontramos con cuatro o cinco mujeres sentadas ante paños en los que habían desplegado algo de mercadería, con la esperanza de vendernos alguna pieza. O, más bien que esperanza, certeza de que algo caería. Forastero en tierra extraña equivale a compulsión por sacar fotos y comprar chucherías. Una costumbre que nos ha infectado a todos, seamos occidentales o chinos.

¿Y qué había disperso sobre esos lienzos? Pues una balumba casi prodigiosa. Desde bagatelas tales como collares hechos con cuentas de plástico de colores a puntas de lanza de puede que miles de años de antigüedad. Y ahí me acuclillé yo, a repasar aquellas piezas tan dispares, en busca de algo que me pudiera interesar. Pero antes, como suelo hacer a menudo, me detuve unos instantes a considerar qué es lo que estaba sintiendo, en el sentido literal de los sentidos. Es un recurso que me enseñaron hace tiempo y que ayuda a fijar en tu memoria, siempre traidora, ciertos momentos.

La luz era tan dura que hería incluso a la sombra de los árboles. Se oía el susurro de las ramas, sí, agitadas por el aire caliente, aunque faltaban allí todos esos sonidos a los que estamos acostumbrados en el campo español: desde el piar de algún pájaro al canto de las chicharras. Allí nada de eso parece subsistir o, quizá, tener fuerzas para hacer ruido. Tan solo olía a polvo, ese siempre presente en los desiertos y que tantos problemas pulmonares causa a quienes tienen la relativa fortuna de llegar a viejos. Y el aire abrasaba.

De entre aquel batiburrillo, me quedé con un puñal tubu; ese mismo que aparece en la foto. Los tubu son una etnia muy antigua, originaria del Tibesti, al norte del actual Chad. Son gentes de naturaleza correosa, y una de sus señas de identidad —así como de algunas de sus ramas, tales como los daza o los creda— es el gastar ese tipo de cuchillos, que suelen llevar colgando de un cordón al sobaco.

Recuerdo la sensación del cuero viejo de la vaina cuando lo tomé en mis manos y supe que, dentro de unos límites razonables, tenía que comprarlo. El precio no fue tanta complicación, pero sí el proceso. De entrada, la vendedora rehusó no ya darme el precio, sino hablar conmigo. Tuvo que venir uno de nuestros conductores —digamos que se llamaba Muhamat— para negociar el precio pero ni siquiera con ella sino con otra mujer que debía ser una especie de matriarca. Si eso fue así por manía personal, rechazo por ser varón o simple xenofobia no lo sé. Me resulta irrelevante: no soy antropólogo, por lo que no me interesan los traumas culturales ajenos.

Lo que me costó me lo guardo, por aquello de que el secreto de aburrir está en contarlo todo. Y lo que importa es el puñal en sí. Vaina y empuñadura de cuero muy sobado, lo que indica que tuvo propietario. Detalles de fabricación más que artesanal, casera: refuerzo de la boca de la vaina con un latón que, mirando dentro, ves que fue parte en tiempos de alguna lata. Y refuerzos de cobre en punta de vaina y empuñadura que debieron salir de algún cableado grueso de cobre.

La misma arma en sí es distinta a otras que he visto. De entrada, la hoja es bastante más corta, y los filos son abombados, cuando lo normal es que sean rectos, para formar una hoja triangular. Y, además, no hay marca alguna en las caras del armero, como suele ser habitual. En suma, es un arma que se fabricó de forma local y que tuvo su dueño. Y yo me pregunto quién pudo ser y qué sería de él.

Lo cierto es que ese puñal acabó a la venta para extranjeros, por un puñado de francos CEFA. Lo mismo que esa otra pieza que figura en la foto. En ese caso es una suerte de pulsera o simple sarta de cauríes. ¿Y qué son los cauríes? Pues unas conchas pequeñas que, en tiempos pasados, sirvieron a diversos pueblos africanos como moneda primitiva para negocio e intercambio. Hace ya décadas que se vieron desplazadas por la moneda tal como la conocemos, pero perviven en forma de esas sartas que los extranjeros vemos a la venta.

Esta, en concreto, la obtuve en Dimi, un pueblillo en el que nos detuvimos como etapa previa a nuestro asalto al Erdi Fochini, una aventura de la que os hablaré en otra entrada. Como se aprecia en la foto, los cauríes se han insertado en una tira de tela corriente y moliente. Me pregunto si eso está así porque, en tiempos, era una suerte de monedero o porque formaba una especie de amuleto para atraer la suerte. Quizá solo se hizo así para poder venderlo a extranjeros de paso. A saber y yo, sin duda, me quedaré con la incertidumbre al respecto.

Lo que sí importa —o me importa a mí— es que no me traje nada más. También las vendedoras de Dimi exhibían en sus lienzos diversas piezas muy antiguas, desde espadas muy antiguas a puntas de lanza prehistóricas. Ni se me ocurrió tantear por nada de todo eso. Lo primero porque llevarme algo así sería saqueo arqueológico y no sé vosotros, pero a mí no me interesa conocer por dentro cómo son las cárceles chadianas. Sospecho que esas no tienen piscinas climatizadas, como ocurre con algunas de las prisiones de nuestra, en no pocos aspectos, barroca España actual.

Pero es que, además, aunque no hubiese peligro, ni se me ocurriría sacar del país algo así. Y me explico. Theodor Sturgeon decía que la moral son las normas de supervivencia dentro del grupo, en tanto que la ética lo forman las normas para la supervivencia del grupo. Soy consciente de que tal definición es sin duda imprecisa y puede que hasta tenga mucho de errónea, pero a mí me vale. Y, partiendo de esos parámetros, aprovecharse de la pobreza no me resulta nada ético.

Asumo que la cuestión tiene muchos matices, pero hay un hecho cierto. Si todas esas piezas muy antiguas e incluso prehistóricas están ahí a la venta para los extranjeros de paso es porque eso extranjeros las compran. Si no, habida cuenta de que los lugareños ya se han percatado de que en los túmulos no hay metales ni pedrería preciosa, no los reventarían.

No es un problema solo en esos países. En los nuestros mucha gente se dedica a ir con detectores para exhumar monedas, fíbulas y piezas diversas de otros siglos. Muchos no lo hacen por codicia sino para luego exhibirlas en su casa. Se justifican con la excusa de que eso está ahí enterrado y que no las dañan. No vale. Sacar cualquier objeto, aunque sea un botón carlista del XIX es descontextualizar la pieza y, por tanto, arruinar uno de sus principales valores.

En todo caso, y por no alargarnos, solo me he traído el puñal tubu y la sarta de cauríes. No creo que los guarde. La sarta ya sé a quién se la regalaré y, sin duda, antes o después, también me desprenderé del puñal, a beneficio de alguien que sepa apreciarlo. Cada uno es como es y yo cada vez tiendo a guardar menos cosas. Estamos de paso por esta vida y conviene viajar ligeros. Me libro de los objetos para conservar los recuerdos. La memoria será traidora, ya que muta, pero es lo que tenemos. No es el cuero, el metal o la concha, sino las imágenes, los tactos, los olores. Ese, ese es el verdadero tesoro.