Cuesta hoy en día mantener una conversación sobre política en la que puedas encontrar -más allá de lo testimonial- argumentos o siquiera conclusiones razonadas. No hay reflexión, sino reflejos que se imponen a los argumentos. Buena culpa de ello lo tienen las etiquetas de derecha e izquierda, que han dejado de reflejar visiones del mundo para funcionar, en buena medida, como atajos cognitivos.
Esas etiquetas no describen programas sino que ordenan la realidad a golpes de iconos. Eso tiene cierta utilidad, ya que reducen la complejidad, ahorran esfuerzo mental y ofrecen una brújula en un contexto cargado de estímulos contradictorios. Pero son letales para la sociedad al convertir la política en un sistema de reconocimiento a partir de dogmas previos y no de conclusiones construidas sobre la ponderación de los elementos implicados y sometidas al escrutinio de los resultados.
Cuando una propuesta política se hace pública, reaccionamos ante la misma por reflejo. Sin llegar a sopesarla, ya estamos en contra o a favor. Así funciona el cerebro: ante cualquier cuestión, tomamos partido en los primeros instantes, aunque nosotros mismos creamos lo contrario. Y, así, lo que creemos discusión es, en realidad, discursión: monólogos en paralelo.
Estos atajos cognitivos, en política, no solo ayudan: también recompensan. Dan placer psicológico. Ofrecen orientación instantánea y sentido de pertenencia. Y, sobre todo, regalan una sensación de claridad moral que nos ahorra ese trabajo sucio que supone salir del área de confort para pensar.
En un mundo confuso, las etiquetas son certidumbres prefabricadas. Dan mapas, indican quiénes son los buenos y quiénes los malos, y nos evitan el riesgo de enfrentarnos al hecho de que nuestros sistemas de creencias no encajan con la realidad. Podríamos decir que las ideologías express son una suerte de ansiolíticos cognitivos. Y por eso enganchan. Por eso también nos resistimos con todas nuestras fuerzas a desprendernos de las mismas.
Parece ser que el cerebro detesta la incertidumbre prolongada. En política, donde casi todo es resbaladizo, las etiquetas nos sirven para saber con quién ir y de quién apartarse. Gracias a estos atajos, no tenemos que sopesar asuntos peliagudos. Tampoco sobrellevar la ambivalencia. Ni cargar con el esfuerzo de enfrentarnos a todo aquello que no encaja. Nos alineamos en un bando y a otra cosa.
El caso es que, tiempo atrás, las diversas ideologías encuadrables en izquierda, derecha o centro remitían a modelos socioeconómicos más o menos consistentes. Hoy, sin embargo, esas etiquetas se han desplazado desde el terreno de los programas al de las identidades. Ya no informan de lo que piensas, sino de quién eres.
Y cuando la ideología se vuelve identidad, la coherencia deja de ser un requisito. Lo que importa es mantener el relato de pertenencia, aunque existan contradicciones e incongruencias clamorosas. Todo se reduce a banderías y propaganda. La facción se ejerce con una tranquilidad pasmosa, en la que ya no tiene cabida el análisis crítico de las diversas posturas y, desde luego, en absoluto de la propia.
Porque el atajo no solo simplifica y recompensa: también protege. Defiende de la duda. Ampara contra el conflicto interno, que tanto desgasta. Y, sobre todo, escuda contra la disonancia: contra ese momento temible en el que los datos, los hechos o los resultados te obligan a plantearte que quizá los tuyos se equivocan, que los otros aciertan o que una parte de tu mapa moral es mucho menos sólida de lo que habías creído.
En una discusión ideal, los hechos se valoran y los argumentos se exponen. Existe la posibilidad de contrastar y cambiar de opinión. En las discursiones, que es la realidad, las posiciones previas e inamovibles dictan qué es lo que se considera como argumentos de peso. No por malicia, sino por higiene psicológica: nuestra mente busca consistencia antes que verdad.
Cuando la política se vive como identidad, corregir posturas se percibe como traición. Matizar como debilidad. Y la duda, como impureza. El precio -interno y externo- de apartarte de la forma de pensar de los tuyos es alto. Así que, como protección, el pensamiento suele disciplinarse solo.
En consecuencia, la etiqueta actúa como filtro previo. Ninguna información, suceso o evidencia se procesa, sino que se clasifican. Nada de preguntarnos si algo es cierto o funciona. Lo único que interesa es de qué fuente viene la información. Y según ese origen, encasillamos.
Si una propuesta no encaja en nuestro marco, o procede de los malos (o, si somos tolerantes, de los equivocados), no cabe valorarla ni debatirla. El desacuerdo es falla moral, el adversario es tóxico, sus argumentos son propaganda y su intención es pura mala fe.
Estando así las cosas, imperando los atajos cognitivos en política, la persuasión sobra, porque el debate ya no se mueve en el terreno de las razones. Dado que la etiqueta precede al análisis, cualquier argumentación del otro está condenada de antemano al rechazo.
En eso consiste la discursión que, a nivel de partidos y cargos públicos, es tan solo una coreografía de sermones políticos diseñada para consumo interno.
Por supuesto que ocurre a veces que alguien cambia de opinión o de bando. Pero tal cambio deberse más a una evolución personal que al debate, y a menudo solo conduce al que lo vive a adoptar otros atajos. Cambiar tiene su precio: conlleva humillación, pérdida de afectos e incluso de estatus, así como rechazos y señalamiento. Cuando los mecanismos sociales recompensan el alinearse ciegamente y castigan hasta el matiz, aquí no hay democracia sana, sino tribalismo partidista.
Y si hemos llegado a esto, ¿de quién es la culpa? Mejor no consolarse con aquello de que la gente es tonta. Esto no se debe a una supuesta inferioridad intelectual del votante medio. Obedece a un ecosistema que recompensa el atajo y castiga la complejidad. Los partidos movilizan identidades más que argumentos. Los medios compiten por la atención del público. Las redes sociales premian la reacción inmediata, no una respuesta demorada, tamizada por la reflexión.
En lo institucional nuestra democracia se ha degradado hasta el nivel de posdemocracia -leed a Colin Crouch-, convertida en poco más que un decorado y vacía ya de muchas de sus esencias. Y, socialmente, en lo que al debate público se ha vuelto reactivo y sectario. Todos perdonamos los errores y trapacerías de los propios y bramamos ante los de los ajenos. Importa la adhesión y la cohesión. Lo demás es secundario.
Por supuesto que el conflicto político es real: disponemos de recursos limitados y las propuestas sobre cómo gestionarlos son muy distintas. Pero procesar tal conflicto mediante atajos cognitivos nos priva de capacidad de aprendizaje. Con posiciones convertidas en identidades blindadas, la acción política ya no es mecanismo de ajuste sino simple reafirmación. Y, si como sociedad no somos capaces de revisar nuestros errores, no necesitamos enemigos, porque ya nos dañamos nosotros mismos.
Una sociedad así no necesita de opresores. Se censura y se reprime ella sola. Y se empobrece intelectualmente, en lo colectivo, cada vez más.
¿Pero cómo podríamos salir de este pantano tan tóxico? Fácil no es, porque exige revertir dinámicas que se han hecho muy poderosas. Pero fórmulas existen. Por citar una, tenemos el recurso a la duda. Ese que nos legó el insigne pragmatista Charles S. Peirce y que consiste poner en tela de juicio, constantemente, nuestras creencias. No se me ocurre un arma más poderosa para apearnos del dogma, que es la piedra angular de tanto tribalismo político.
Claro que ese es un trabajo que, aunque tiene una dimensión colectiva, pasa por lo personal. Y hace falta coraje para apartarte de los tuyos. Desde su óptica pseudorreligiosa, serás peor que un infiel (alguien con otra postura) y peor aún que un hereje (que es un disidente). Serás un apóstata.
Las ideologías convertidas en fe no toleran la divergencia. Expulsan, degradan y aíslan. Si pueden, aplican esa condena a muerte cívica otrora conocida como ostracismo y ahora llamada cancelación, que supone la exclusión de toda vida académica, laboral, mediática y que busca convertir a su destinatario en un verdadero paria social.

