Aquellos fabulosos veraneos

Aquellos fabulosos veraneos de León Arsenal

 

 Editado por Edaf

Disponible en papel y ebook en librerías y en las principales plataformas

 

 

 

 

Aquellos fabulosos veraneos es pequeña historia. Historia pequeña en el sentido de que, en este libro, pretendo ofrecer una panorámica de lo que fueron los veraneos españoles durante los años 60 y 70. De esos veraneos podemos decir que no solo eran un tiempo dentro del año, sino que formaban un espacio físico y social aparte. Eso fue el fruto de unas circunstancias muy distintas a las actuales, en un país muy diferente al que tenemos ahora.

Y esto último a veces se olvida. Por ejemplo, está el hecho de que los veraneos de una parte notable de la población duraban cerca de tres meses, de entrada porque tal era lo que los chicos tenían de vacaciones de verano. Pero si eso era posible se debió, por una parte, al desarrollo de unas clases medias que pudieron permitirse comprar una segunda vivienda en la playa o el campo —quién lo diría, ¿eh?, al ver cómo ahora la gente se empeña de por vida para pagarse la primera residencia—. En su defecto, podían alquilar durante esos meses. También aprovechar para volver a las raíces y veranear en el pueblo, porque estamos hablando de una España que vivió una enorme migración interna hacia las grandes ciudades.

Pero eso es la parte bonita, claro. Porque, como ya cuento en Aquellos fabulosos veraneos, eso solo era posible gracias a que mamá podía tranquilamente abandonarlo todo para irse con los chavales a la costa. Porque en aquella España tardofranquista, las mujeres que trabajaban eran una minoría y, de hecho, había muchos puestos —sobre todo en las administraciones públicas— a los que no podían acceder tan solo por su condición femenina.

¿Y de qué va Aquellos fabulosos veraneos?

Pues, por supuesto, el libro está construido desde una óptica personal y a partir de recuerdos, que a veces pueden ser notablemente tramposa. Y a eso hemos de sumar que, como es lógico, yo no viví todo el abanico de veraneos posibles. Yo era un hijo de esas clases medias y, nosotros, en concreto, teníamos un piso en Alicante. Así que, para no pocas partes de la obra, he hecho lo más fácil e útil. He recurrido a personas que vivieron aquellos años en otros puntos de la costa mediterránea o atlántica, en el pueblo, o recurriendo también a fórmulas muy socorridas entonces, como eran las colonias de verano o los campings de tiendas o caravanas…

Escribir Aquellos fabulosos veraneos, aparte de contar lo que viví y de investigar, debe mucho al acudir a —además de a otros que lo vivieron— a personas con conocimientos de zonas concretas. De ahí salieron capítulos unas veces redactados en forma convencional y otras de entrevista. Así creé las partes dedicadas a Ibiza, a la costa de Málaga, a la de Santander o a la de Cataluña. No citaré a todos los que me ayudaron en tal sentido porque seguro que me olvido de alguien y eso siempre es una grosería. Aunque debo reseñar un capítulo que da contexto a toda la historia y ese es el dedicado a la economía de la época, que tengo que agradecer al gran economista Álvaro Anchuelo, que aparcó sus múltiples obligaciones para responder a mis preguntas al respecto.

El resultado

De todo lo que he dicho, no saque la conclusión de que Aquellos fabulosos veraneos es un libro sesudo. Al contrario. Una historia así merecía, a mi entender un tratamiento ligero. Ligero en el sentido de liviano, que no trivial. Y por eso es también un paseo constante por anécdotas y situaciones que se daban en aquel contexto social, tan distinto al de ahora.

Estoy más que contento de cómo quedó Aquellos fabulosos veraneos y espero que quienes lo lean también queden igual. Es uno de los libros con los que más me he divertido escribiendo. Y eso, créanme, vale oro. Porque, desde el momento en que uno convierte la literatura en su profesión, se obliga a una disciplina y plazos para producir y entregar. Y, como con todo en la vida, uno pasa por circunstancias personales mejores y peores, y los estados anímicos suben y bajan. Por eso, escribir novelas o ensayos obliga a pasar tramos que son como travesías por desiertos áridos y sin luz. Pero has de cruzarlos si quieres concluir la obra. Y si no, dedícate a otra cosa.

Con Aquellos fabulosos veraneos he de reconocer que no hubo ni una parte así. Todo salió muy, muy fácil. Fue todo muy divertido y cuando cojo alguna vez el libro del estante para ojearlo, tengo que reconocer que me regocijo del resultado.

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