Novela La boca del NiloEditado por Kokapeli

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La boca del Nilo es quizá mi novela más conocida, aunque solo sea por la cantidad de ediciones que lleva y los premios que ganó. Y yo nunca he sabido si que haya funcionado tan bien se debe a una calidad intrínseca de la obra o a la historia tan poderosa en la que se inspira. Aunque, por supuesto, mi vanidad de escritor me lleva a asumir que es a ambas cosas.

Lo cierto es que, dado que escribí La boca del Nilo alrededor de 2002 y se publicó en el 2005 —tras haber sido rechazada, por cierto, en cinco editoriales distintas—, no deja de asombrarme que ningún autor de narrativa histórica se hubiese animado antes a novelarla. Sin embargo, por otra parte, había entonces un montón de ideas portentosa en la que inspirarse y que todavía no se habían tocado. Eso se debía a que, por una cuestión comercial y de documentación, muchos seguían volcados a novelar sobre grandes figuras y hechos señeros de la historia. Mejor para mí, desde luego, porque encontré buen terreno virgen que explorar.

Porque en lo que La boca del Nilo se inspira es en la expedición que hacia el año 60 o 62 d.C. envió el emperador romano Nerón al corazón de África con una misión doble. La primera era realizar una embajada ante los reyes de Meroe y la segunda alcanzar las míticas fuentes del río Nilo. En lo tocante a lo primero, Meroe era un reino próspero, situado más allá de la Quinta Catarata y que, por su emplazamiento, controlaba el tráfico entre el África ecuatorial y el Egipto romano. En ese tiempo, los meroitas —descendientes de los nubios— eran fabulosamente ricos gracias a esa posición estratégica, ya que con caballos y asnos era imposible cruzar el desierto del Sahara.

Andando el tiempo, los propios romanos introducirían los dromedarios en África y conseguirían así atravesar las vastedades arenosas del desierto para comerciar. Y eso arruinaría a Meroe. Pero eso estaba en el futuro y Meroe entonces era un punto vital. Los meroitas se pueden considerar como unos «egipcios negros», con muchas similitudes culturales y, de hecho, algunos dioses como el propio Amón eran oriundos de sus tierras. Pocas décadas antes de las fechas de esta historia, Amanirena, la Candace —reina— tuerta, había invadido Egipto y obligó a las legiones romanas a emplearse a fondo para rechazar a su ejército. Así que se considera que aquella misión de embajada tuvo en realidad mucho de labor de información con vistas a una posible invasión y anexión de Meroe.

En cuanto al segundo empeño, ocurre que en esa época la cuestión del nacimiento del río Nilo despertaba tanto interés como lo haría muchos siglos después en la sociedad victoriana del siglo XIX. Y Nerón, al parecer, estaba dispuesto a zanjar las discusiones al respecto mandando esa expedición. Expedición que no crean que eran media docena de aventureros como en las películas sino todo un cuerpo de ejército. Al menos eso hemos de suponer a partir de lo que cuenta Séneca en Cuestiones naturales, donde afirma haber hablado con dos centuriones que estuvieron en la aventura. Y Plinio el Viejo, por su parte, comenta que había pretorianos en la misma.

¡Pretorianos! Ese tema es uno de los más intrigantes de todo este asunto. Porque, verán, los pretorianos tenían por misión proteger roma y custodiar a la persona del emperador cuando este se hallaba de viaje. La presencia de pretorianos —que eran un cuerpo de élite, formado por hombres de buenas familias que solían estar de paso por la unidad, camino de puestos administrativos altos— es tan extraña como una hipotética participación de policías municipales de Madrid en la guerra de Irak, por poner un ejemplo exagerado. Aquella presencia fue uno de los puntos oscuros con los que pude jugar en La boca del Nilo.

Y digo uno porque, en el fondo, es muy poco lo que sabemos de aquella aventura portentosa, más allá de que Séneca nos cuenta que llegaron muy lejos al sur, hasta un territorio que, por la descripción, solo pueden ser los inmensos pantanos del Sudd, en Sudán del Sur. Para un novelista, eso no es mala cosa, ya que le permite fabular sobre personajes, circunstancias, detalles… algo que no sería posible si quedase registro de quiénes participaron en la empresa, qué caminos siguieron y qué dificultades tuvieron que vencer.

Porque La boca del Nilo es una novela de aventuras; lo pedía a gritos. Sin embargo, es una aventura basada en un larguísimo viaje en el que, durante miles de kilómetros, la expedición transitó por riberas despobladas y flanqueadas por desiertos. Y eso exige echar mano de muchos recursos narrativos para evitar que la tensión colapse. Dado que era mi tercera novela histórica, ahora, al mirar atrás, no puedo evitar pensar que perdí la chaveta, que me pudo la vanidad, estando tan verde, para fajarme con una narración así. Sin embargo, salió bien. Muy bien, a juzgar por las ventas, los premios y las críticas recibidas. Está claro que, el que no tiene suerte, al final no tiene nada.

Lo que hice tampoco tiene tanto misterio. Construí La boca del Nilo sobre la dicotomía entre conflicto interno y conflicto externo. El externo venía a partir del tránsito por parajes desconocidos con la amenaza de toda clase de enemigos al acecho. Y el interno por las tensiones entre los jefes de la expedición, un triángulo amoroso y la sombra de traidores que desde dentro trabajaban para hacer fracasar el empeño. Dicho así, puede parecer manido y facilón, pero quiero recordar que son recursos harto eficaces y que justo por eso se emplean mucho. Una cosa es un recurso y otro como se usa, y es en esto último donde de verdad está la variedad.

En fin, que esa fue mi tercera novela, La boca del Nilo, que sigue siendo una de las más saludadas. Desde luego, yo mismo, cada vez la revisito, sigo estando contento con ella, como espero que los estén aquellos que, tras leer estas líneas, se animen a darle una oportunidad.

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