La Europa que murió en noviembre de 1918

Mesa de negociación en 1918 con mapas de Europa oriental, cartelas de Finlandia, Lituania, Polonia y Ucrania y una corona

Un orden europeo que desapareció antes de consolidarse

En el otoño de 1918, Federico Carlos de Hesse se preparaba para convertirse en rey de Finlandia y no se trataba de una candidatura vaga ni de uno de tantos proyectos dinásticos que nunca salen de las cancillerías: el Parlamento finlandés lo había elegido, funcionarios del país habían viajado a Alemania para instruirlo sobre la política, la sociedad y la administración del reino que debía gobernar y el futuro monarca había empezado incluso a estudiar finés. A pocos cientos de kilómetros, otro príncipe alemán, Wilhelm von Urach, había aceptado la corona de Lituania bajo el nombre de Mindaugas II y se disponía también a aprender la lengua de sus futuros súbditos. Mientras tanto, en Riga tomaba forma un Ducado Unido del Báltico, Polonia existía como reino aunque todavía careciera de rey y en Ucrania gobernaba un hetman respaldado por tropas alemanas.

Nada de todo esto es historia alternativa sino que fueron proyectos políticos reales, algunos mucho más avanzados que otros, surgidos en el vacío que había dejado el hundimiento del Imperio ruso y favorecidos, condicionados o sostenidos en distintos grados por la victoria alemana en el frente oriental. Pero tampoco formaban parte de un único diseño ni conducían necesariamente hacia el mismo futuro y eso es precisamente lo interesante. Durante unos meses convivieron distintas soluciones posibles para organizar la enorme franja de territorio situada entre Alemania y Rusia, y algunas llegaron a producir gobiernos, administraciones, parlamentos, consejos de regencia y monarcas elegidos. Después, llegó noviembre y buena parte de aquel abanico de futuros se cerró en cuestión de semanas.

Cuando Alemania ganó en el Este

La revolución rusa había alterado por completo la guerra y, tras la llegada de los bolcheviques al poder, el nuevo Gobierno necesitaba abandonar el conflicto cuanto antes, puesto que difícilmente podía combatir al mismo tiempo contra Alemania y contra sus enemigos internos. Las negociaciones desembocaron en el Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918, que sacó a Rusia de la guerra y dejó bajo influencia o control de los Imperios Centrales una enorme extensión del antiguo territorio imperial ruso.

Para Alemania aquello equivalía, de momento, a una victoria completa en el Este. Desde 1915, sus ejércitos administraban ya amplias zonas ocupadas mediante Ober Ost, una estructura militar que gobernaba Lituania, Curlandia y otros territorios y que no se limitaba a las tareas habituales de una retaguardia de guerra. En torno a ella habían ido apareciendo planes de explotación económica, reorganización política, colonización y futura vinculación de aquellas regiones con Alemania. Incluso dentro de la administración alemana coexistían tendencias distintas pues había quienes aspiraban a un control muy directo en tanto que otros preferían atraer a las poblaciones locales mediante estructuras políticas propias.

Brest-Litovsk cambió la naturaleza del problema. Mientras la guerra estuvo abierta en el Este, todas aquellas construcciones podían considerarse provisionales pero, después de marzo de 1918, hubo motivos para pensar que podían convertirse en algo duradero. Rusia parecía expulsada de una parte de Europa que había dominado durante generaciones y había que decidir qué ocuparía su lugar. El problema era que Alemania tampoco tenía una única respuesta.

Una Mitteleuropa que nunca fue un plan único

Se habla a menudo de Mitteleuropa como si hubiese existido un proyecto alemán coherente, diseñado desde Berlín y destinado a extender una misma forma de dominio desde el Báltico hasta Ucrania, pero la realidad fue bastante más desordenada. Había militares partidarios de anexiones directas, diplomáticos que preferían Estados formalmente independientes pero ligados al Reich mediante tratados, empresarios interesados en un gran espacio económico centroeuropeo, aristócratas que veían abrirse nuevos tronos para las casas principescas alemanas y movimientos nacionales que intentaban aprovechar la presencia alemana para construir sus propios Estados antes de que cambiase de nuevo el equilibrio de fuerzas.

El libro Mitteleuropa, publicado por Friedrich Naumann en 1915, había popularizado la idea de una gran comunidad centroeuropea organizada alrededor de Alemania, pero ni siquiera dentro del Reich existió acuerdo sobre sus fronteras, su estructura o el grado de autonomía que debían conservar los países incorporados a ella. Todavía en octubre de 1918, cuando la derrota alemana era ya prácticamente inevitable, el propio entorno imperial seguía elaborando propuestas sobre la futura organización de Europa central y oriental, señal bastante clara de que no existía un diseño único y cerrado de antemano.

Que no hubiese un plan maestro no significa, sin embargo, que todo fuese especulación, ya que Alemania poseía en 1918 la fuerza militar necesaria para condicionar el futuro de buena parte de Europa oriental y los nuevos Estados debían contar con ella. Ese equilibrio tan inestable explica que algunos proyectos avanzaran con extraordinaria rapidez y que, al cambiar la situación militar, desaparecieran a igual velocidad.

Finlandia y el rey que nunca llegó

Finlandia había proclamado su independencia en diciembre de 1917 y el Gobierno bolchevique la había reconocido, pero poco después estalló una guerra civil. Los blancos vencieron a los rojos con ayuda alemana y, una vez terminada la contienda, un sector importante de las élites conservadoras concluyó que la supervivencia del joven Estado pasaba por estrechar sus vínculos con Alemania.

La solución elegida fue una monarquía y, el 9 de octubre de 1918, el Parlamento finlandés designó rey a Federico Carlos de Hesse, cuñado del káiser Guillermo II. La decisión salió adelante por 64 votos contra 41, en un Parlamento profundamente alterado por la guerra civil, con 95 diputados ausentes por diversas razones. El propio Ministerio de Asuntos Exteriores finlandés documenta tanto la votación como la situación excepcional de aquella cámara.

El proyecto no quedó ahí y el Ministerio comenzó a preparar la llegada del monarca, por lo que envió a Hjalmar J. Procopé y Harri Holma a la residencia del aspirante para explicarle la vida política, la historia y la administración finlandesas, mientras Holma se encargaba además de enseñarle el idioma. En Helsinki se estudiaba cuáles debían ser el ceremonial de recepción, el futuro palacio real e incluso la indumentaria cortesana.

Pero Federico Carlos nunca llegó a Finlandia porque, para entonces, la guerra estaba a punto de producir uno de esos cambios de escenario que convierten, en unas semanas, una decisión razonable en algo políticamente imposible.

Mindaugas II y la tentativa lituana

Por su parte, Lituania se encontraba en una situación todavía más ambigua. Había proclamado su independencia el 16 de febrero de 1918, aunque seguía bajo ocupación alemana y Berlín pretendía mantener sobre el nuevo Estado una influencia considerable. Sus dirigentes necesitaban satisfacer al ocupante sin permitir que el país terminara absorbido por Prusia o por cualquier otra entidad alemana y la monarquía fue una de las soluciones propuestas.

El Consejo de Lituania eligió en julio a Wilhelm Karl von Urach, duque de Urach y miembro de una rama de la casa de Württemberg, que debía reinar con el nombre de Mindaugas II, recuperando así el del monarca medieval que había encabezado el antiguo reino lituano. La elección tenía además una intención muy concreta: utilizar un príncipe católico alemán que no estuviera directamente vinculado a Prusia para impedir una incorporación más estrecha del país al Reich.

Urach aceptó y empezó a estudiar lituano, pero tampoco llegó a ocupar el trono porque, cuando Alemania comenzó a desmoronarse, la utilidad política de aquella solución desapareció y el proyecto monárquico fue abandonado en noviembre.

Visto desde hoy resulta pintoresco imaginar a dos príncipes alemanes aprendiendo apresuradamente finés y lituano porque Europa estaba fabricando reinos a mayor velocidad de la que ellos podían ocuparlos. Sin embargo, en 1918 debía de parecer bastante menos extraordinario.

El Ducado Unido del Báltico

La tentativa de crear un Estado germano-báltico fue distinta porque se apoyaba en unas élites que llevaban siglos instaladas en la región. En Estonia, Livonia y Curlandia existía una importante aristocracia alemana —terrateniente y con una influencia social desproporcionada respecto a su número— que vio en la ocupación de 1918 la posibilidad de construir una entidad política capaz de conservar su posición.

De ahí surgieron varios proyectos de organización báltica vinculados a Alemania que acabarían cristalizando en el llamado Ducado Unido del Báltico que no llegó a convertirse en un Estado plenamente consolidado pero tampoco quedó reducido a una ocurrencia diplomática. Los alemanes permitieron la formación de consejos territoriales en Curlandia, Lituania, Livonia y Estonia, aunque ninguno alcanzó una soberanía efectiva mientras continuó la ocupación.

La experiencia desembocó finalmente en un Consejo de Regencia presidido por Adolf Pilar von Pilchau, constituido el 5 de noviembre de 1918, una fecha que basta para explicar su destino porque, solo seis días después Alemania firmaba el armisticio. Pocas experiencias políticas muestran mejor la velocidad con que podía cambiar el mundo en aquel otoño. El proyecto báltico consiguió dotarse de una estructura de gobierno precisamente cuando desaparecía la potencia militar que podía mantenerla.

El Reino de Polonia que se quedó sin rey

Polonia, por su parte, había seguido otro camino, pues Alemania y Austria-Hungría anunciaron ya en noviembre de 1916 la creación de un Reino de Polonia en los territorios conquistados a Rusia. Existía por tanto el reino, aunque las dos potencias nunca consiguieron ponerse de acuerdo sobre quién debía ocupar el trono y, mientras discutían la cuestión dinástica fueron apareciendo instituciones. Se creó un Consejo de Regencia, se organizaron ministerios, tribunales y una administración y empezó a formarse una maquinaria estatal que los ocupantes suponían controlable. Sin embargo, las instituciones tienen a veces la incómoda tendencia a desarrollar intereses propios, especialmente cuando quienes las han creado empiezan a perder una guerra.

A medida que se debilitaban Alemania y Austria-Hungría, el Consejo de Regencia fue separándose de ellos. En octubre de 1918 proclamó la independencia y, un mes después, transfirió sus poderes a Józef Piłsudski y parte de las estructuras creadas bajo ocupación pasaron directamente al nuevo Estado polaco independiente.

Por eso, despachar aquellas construcciones mediante la expresión «Estados títeres» es caer en el error del simplismo. Los Imperios Centrales habían intentado utilizar el nacionalismo polaco para debilitar a Rusia, pero el proceso acabó funcionando también en sentido contrario: los polacos utilizaron las instituciones nacidas bajo sus ocupantes para construir un Estado que ya no dependía de ellos.

Ucrania y el hetman

Ucrania muestra quizá con mayor claridad esa mezcla de dependencia y construcción nacional. La República Popular Ucraniana había firmado la paz con los Imperios Centrales en febrero de 1918, en buena medida porque Alemania y Austria-Hungría necesitaban acceder a sus recursos agrícolas, pero los ocupantes quedaron pronto insatisfechos con el Gobierno y, en abril, propiciaron el ascenso al poder del general Pavló Skoropadski, que adoptó el viejo título cosaco de hetman.

El llamado Estado Ucraniano sobrevivió algo más de siete meses. Tuvo Gobierno, burocracia, actividad diplomática y una verdadera política de construcción estatal, aunque, al mismo tiempo, su supervivencia dependía de manera decisiva de las tropas alemanas. Immo Rebitschek utiliza precisamente el caso de Skoropadski para estudiar esa contradicción: un Estado dependiente de Alemania que, al mismo tiempo, estaba desarrollando instituciones ucranianas propias y que no encaja del todo en la sencilla categoría de mero instrumento del ocupante. El caso es que, mientras Alemania pudo mantener soldados en Ucrania, Skoropadski se sostuvo, pero, cuando comenzó la retirada, perdió el fundamento militar del régimen y cayó en diciembre.

Un mapa difícil de dibujar

Representar la Europa oriental del verano de 1918 exige más cuidado de lo que parece, porque un mapa que colorease todo aquello como una misma esfera alemana deformaría la realidad casi tanto como uno que mostrase únicamente las fronteras formales. Tendríamos que distinguir entre territorios pertenecientes a los Imperios Centrales, sometidos a ocupación militar, nuevos Estados cuya independencia había sido reconocida pero dependían todavía en buena medida de Alemania y aquellos proyectos políticos que apenas comenzaban a adquirir instituciones propias.

La clave está precisamente en esa superposición, puesto que Finlandia no era lo mismo que el Ducado Unido del Báltico, Polonia no ocupaba la misma posición que Ucrania, Lituania intentaba utilizar una monarquía para asegurar su autonomía mientras sectores de las élites germano-bálticas perseguían un proyecto mucho más ligado a Alemania. No había un bloque homogéneo, aunque todos compartieran una circunstancia decisiva: el ejército alemán se encontraba allí y, mientras continuara allí, ninguno de aquellos futuros podía darse por fallido.

Mapa de Europa oriental, verano-otoño de 1918. Futuros superpuestos entre Alemania y Rusia.
Europa oriental, verano-otoño de 1918. Futuros superpuestos entre Alemania y Rusia tras el tratado de Brest-Litovsk.

El invierno que llegó en noviembre

Durante la primavera de 1918 todavía era razonable pensar que Alemania podía ganar la guerra. La desaparición del frente ruso había permitido trasladar centenares de miles de soldados al Oeste y lanzar una gran ofensiva antes de que Estados Unidos lograse desplegar todo su potencial militar. Los alemanes avanzaron y durante unas semanas volvió a parecer posible que el esfuerzo de cuatro años terminase con una victoria. Pero no ocurrió así. La ofensiva perdió fuerza, los aliados contraatacaron y, a partir del verano, la situación comenzó a deteriorarse con rapidez. Bulgaria abandonó la guerra, el Imperio otomano hizo lo mismo y Austria-Hungría empezó a desintegrarse. En Alemania se extendieron el agotamiento, los motines y finalmente la revolución. El 9 de noviembre abdicó Guillermo II; dos días después se firmó el armisticio.

A partir de ese momento, comenzó también a deshacerse el orden oriental construido durante los meses anteriores, porque desaparecía el elemento que había permitido mantenerlo: la superioridad militar alemana. Los consejos bálticos dejaron de contar con el respaldo que necesitaban, Skoropadski perdió al ejército que sostenía su régimen y la monarquía lituana dejó de ofrecer utilidad política. En Finlandia, la elección de un príncipe alemán, que pocas semanas antes había parecido una garantía de seguridad, se convirtió de repente en un obstáculo para relacionarse con las potencias vencedoras y Federico Carlos renunció a la corona antes de Navidad.

Lo que realmente desapareció

Decir que toda aquella Europa se esfumó sería, sin embargo, incorrecto porque lo que en realidad desaparecieron fueron algunas de las formas políticas que se habían ensayado durante 1918.

Finlandia sobrevivió y se convirtió en república, Lituania hizo lo mismo, prescindiendo de Mindaugas II, Estonia y Letonia terminaron consolidándose como Estados independientes, pero no integradas en un ducado dominado por las élites germano-bálticas. Polonia aprovechó instituciones nacidas bajo ocupación para construir su propia administración. Ucrania, por su parte, entró nuevamente en una etapa de guerra, en la que se sucedieron nacionalistas, bolcheviques, blancos, polacos y otros ejércitos mientras seguía sin resolverse cuál sería su futuro.

Esto obliga también a matizar la relación entre Alemania y aquellos movimientos nacionales. Berlín intentó aprovecharlos para debilitar a Rusia y organizar una franja de Estados dependientes o aliados en su frontera oriental pero las élites locales intentaron utilizar a Alemania para conseguir independencia y estructuras estatales que difícilmente habrían podido levantar de otro modo en mitad de la guerra. Ambas estrategias pudieron funcionar simultáneamente hasta que sus objetivos dejaron de coincidir.

La cuestión no era, por tanto, si aquellos países eran auténticos o artificiales, porque los Estados rara vez nacen de una manera tan limpia. Lo interesante aquí es que, durante unos meses, coexistieron proyectos imperiales, movimientos nacionales, intereses dinásticos y necesidades militares que empujaban el mapa en direcciones diferentes, sin que nadie pudiera saber todavía cuál terminaría imponiéndose.

Entre dos Europas

Los atlas suelen mostrarnos una Europa de 1914 dominada por grandes imperios y otra, pocos años después, llena de nuevos Estados. La comparación es útil, pero produce una ilusión retrospectiva: parece que un sistema hubiese sustituido al otro de una forma casi inevitable. Sin embargo entre ambos hubo en realidad una etapa mucho más confusa.

Durante 1918 existió una Finlandia independiente que buscaba rey en Alemania, una Lituania que elegía un monarca extranjero para impedir quedar absorbida por su protector, un Reino de Polonia que había creado instituciones propias aunque nadie hubiese llegado a ocupar su trono, un proyecto de Estado germano-báltico que consiguió constituir una regencia apenas unos días antes del armisticio y una Ucrania gobernada por un hetman cuyo aparato estatal dependía de un ejército extranjero que estaba a punto de regresar a casa.

Visto desde hoy, sabemos cuáles de aquellos proyectos sobrevivieron y cuáles desaparecieron y, justo por eso, tendemos a atribuir al desenlace una lógica que entonces no tenía. Para un europeo del verano de 1918 no estaba decidido que Finlandia acabaría siendo una república, que los países bálticos serían Estados independientes ni que Alemania perdería toda influencia sobre el Este. Todo eso son certezas nuestras, no suyas.

Durante unos meses hubo varios mapas posibles superpuestos sobre la misma Europa. Algunos eran proyectos apenas esbozados; otros habían producido ya gobiernos, administraciones, parlamentos, consejos de regencia y hasta reyes que comenzaron a prepararse para ocupar tronos que dejaron de existir antes de que pudieran llegar a ellos. Después, cambió el signo de la guerra y cambió el futuro de Europa, y lo hizo con tal rapidez que buena parte de aquel mundo quedó relegada a notas al pie, como si nunca hubiese pasado de ser una colección de proyectos extravagantes. Pero durante unos meses fue política real y hubo personas tomando decisiones sobre la suposición perfectamente razonable de que alguno de aquellos mapas sería el definitivo.

No lo fue y quizá eso sea lo verdaderamente extravagante.

Mapa de Europa oriental tras noviembre de 1918. Lo que sobrevivió y lo que se deshizo (1919-1920).
Europa oriental tras noviembre de 1918. Lo que sobrevivió y lo que se deshizo (1919-1920) tras el colapso del orden militar alemán.

Fuentes y lecturas

Finlandia

·         Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia, “Finland’s year zero”. https://um.fi/news/-/asset_publisher/GRSnUwaHDPv5/content/suomi-vuonna-nolla

·         Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia, “Foreign Ministry maker of a King in 1918”. https://um.fi/current-affairs/-/asset_publisher/gc654PySnjTX/content/ulkoministerio-kuninkaantekijana-vuonna-1918/35732

Lituania

·         Visuotinė lietuvių enciklopedija, “Nepriklausomos Lietuvos valstybės atkūrimas 1918–1920”. https://www.vle.lt/straipsnis/nepriklausomos-lietuvos-valstybes-atkurimas-1918-1920/

·         Visuotinė lietuvių enciklopedija, “Wilhelm Karl von Urach”. https://www.vle.lt/straipsnis/wilhelm-karl-von-urach/

Ober Ost y Mitteleuropa

·         Kai-Achim Klare, “Ober Ost”, 1914-1918-online. International Encyclopedia of the First World War. https://encyclopedia.1914-1918-online.net/article/Ober-Ost/

·         F. Gregory Campbell, “The Kaiser and Mitteleuropa in October 1918”, Central European History 2/4 (1969), pp. 376-386. https://www.cambridge.org/core/journals/central-european-history/article/abs/kaiser-and-mitteleuropa-in-october-1918/D02E5C807127A281D144AB4D380455CA

Ucrania

·         Immo Rebitschek, “State Building Under Occupation. Pavlo Skoropadsky’s Hetmanate in 1918”, Revolutionary Russia 32/2, pp. 226-250. https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/09546545.2019.1710046