Biografía

León Arsenal

Hay personas a las que les resulta incómodo hablar de sí mismas y otras que no pueden dejar de hacerlo. León Arsenal ha procurado mantenerse en la zona intermedia y, ya otras veces, resolvió el problema encargando esta bio a personas cercanas. Es un método que tiene la ventaja de trasladar a otros la tarea de explicar la clase de individuo que es. Pero no lo deja todo en sus manos porque —y eso lo dice él, no nosotros— si uno no interviene en la construcción de su propia imagen, puede que alguien lo haga por él de una forma nada satisfactoria para el interesado.

Conviene, por tanto, empezar por algo que Arsenal considera importante: su nombre. Insiste en que León Arsenal no es pseudónimo sino heterónimo; una diferencia que para él es algo más que escolástica, ya que no lo entiende como un nombre para ocultarse, sino como una identidad públicamente adoptada. Y lo cierto es que lleva ya demasiado tiempo viviendo dentro de León Arsenal como para que la discusión tenga mucho recorrido. La mayoría de quienes lo conocen le llaman León, incluidas personas de su círculo más íntimo. Y, aunque tuvo otros nombres en épocas anteriores, familiares o de amistad, pertenecen ya a antiguos estratos de su biografía.

De niño quería ser zoólogo, luego inició estudios de Medicina y acabó en Marina Civil. El tránsito de una cosa a otra puede parecer abrupto, pero solo si se parte de la premisa de que la vida ha de seguir una línea recta, y la de Arsenal rara vez lo ha hecho. Es de esos a los que algunos llaman mentes inquietas y otros mentes arbóreas (tanto en el buen como en el mal sentido) y, desde niño, se mostró proclive a intereses sin relación obvia —animales, dinosaurios, batallas, historia, ciencias—, con una notable capacidad para desentenderse de aquello que no despertaba su curiosidad.

Como suele ocurrir con niños así, podía obtener resultados excelentes en Ciencias Naturales o Historia y nefastos en otras asignaturas. Sus notas se hundieron en Matemáticas cuando dejaron de explicarle para qué servían cosas tales como las integrales o derivadas. O en Latín porque, ¿para qué aprender una lengua en la que no conocía a nadie que la hablase, pudiendo emplear su tiempo en leer sobre dioses, leones, corsarios y viajes espaciales? Acabaría por descubrir que el mundo real no se organiza según tal criterio y el resultado fue una formación irregular.

Interesarse por demasiadas cosas tiene, durante los primeros años, el riesgo de no conseguir fortaleza en ninguna. Una dispersión que le causó no pocos problemas. Pero el paso del tiempo introduce una peculiar inversión del proceso, pues conocimientos, oficios, fracasos, mudanzas y experiencias comienzan a acumularse hasta formar un conjunto que, un día, resulta de lo más útil. Se acerca a lo que Bourdieu llama capital cultural. Uno que no cabe en ninguna cuenta corriente pero que es una inversión a largo plazo que, llegado el momento, puede ser de lo más rentable para la supervivencia.

La primera ocasión importante en la que tuvo que recurrir a ese capital llegó a comienzos de los años 90, cuando dejó de navegar debido a los cambios legislativos que permitieron desplazar buena parte de la flota mercante española hacia banderas de conveniencia y dejaron en tierra a no pocos marinos. Aquí alguien dirá que eso tampoco es para tanto, porque a mucha gente en estos tiempos le ha tocado reinventarse y recomponer su vida. Y es cierto. Pero el episodio importa porque explica cómo León Arsenal acabó por convertirse en algo más que un nombre con el que firmar relatos.

Nuestro protagonista había comenzado a escribir mientras navegaba. Como en los barcos se trabaja mucho, suponía que la literatura no pasaría de ser una afición que daría un puñado de cuentos a lo largo de su vida. Algunos se ambientaban en barcos, a partir de sus vivencias y, como había quienes no salían muy bien parados en esos relatos, decidió adoptar un heterónimo. Y eligió uno resonante, puesto que le parecía absurdo tomar un nombre nuevo que fuese más gris que el anterior.

León Arsenal cumplía el requisito. No lo adoptó siguiendo ninguna lógica marítima —aunque arsenal procede de una palabra árabe de la que también deriva dársena— sino porque creyó constatar que, aun siendo vocablo español, no existía como apellido. Y él no deseaba apropiarse de uno de esos apellidos raros, o muy raros, que son patrimonio de algunas familias. La realidad, años después, le demostró que no había indagado lo suficiente, cuando durante una firma en la Feria del Libro de Madrid una mujer le informó de que solo tenía razón en parte. Según le explicó, el apellido Arsenal existe en España, pero es de origen italiano, llegado aquí en el siglo XIX. No estaba enojada por la apropiación. Era solo que algunos de los que tienen ese apellido se sentían intrigados por saber de dónde había salido ese Arsenal.

Y, para acabar con el tema del nombre, aclaremos otra cuestión que le irrita sobremanera: se pronuncia Arsenál y no Ársenal. Arsenál es el escritor y el Ársenal es un equipo de fútbol inglés.

Ya en tierra, comenzó a escribir más y a comienzos de siglo llegaron una antología de relatos y dos novelas históricas, pero aun así nunca pensó que la literatura llegase a ser para él otra cosa que una actividad secundaria. Y luego, en el 2004, llegó el Premio Minotauro de novela fantástica, seguido en el 2005 del premio Ciudad de Zaragoza a la mejor novela histórica publicada. Y ahí ya se encarrilló todo con un rosario de libros y premios. Y el heterónimo devoró con rapidez al nombre legal.

Algo que él asumió sin mayores dificultades. Rodrigo Escribano decía que León Arsenal no era persona sino personaje, y aclaraba a continuación que Arsenal cultiva una imagen que no es falsa pero sí elaborada. No es un artificio destinado a ocultarse sino una construcción que resalta ciertos rasgos de la persona y atenúa otros. A Escribano aquello le recordaba Máscaras de matar, una de las novelas más singulares de Arsenal, donde las máscaras no se utilizan para esconder la identidad, sino para sacar a la superficie distintas posibilidades de quien las lleva.

Así se convirtió Arsenal en escritor profesional, entendido eso como alguien cuyos ingresos, en muy buena parte, proceden de la literatura. Algo que, a su vez, al menos en la clase media de los escritores españoles, no implica poder pagar todas las facturas con los derechos de autor. Significa vivir en un ecosistema de libros, conferencias, cursos, talleres y colaboraciones. También de actividades colaterales que en su caso le llevaron a la radio, la televisión, la divulgación y la gestión cultural.

También acabó por implicarse en política y ahí sigue, llevado por cierta querencia hacia esa idea de Aristóteles del ser humano como zoon politikon, animal político, y por su escasa simpatía hacia quien se encierra en sus asuntos particulares, creyendo que el mundo, la sociedad que le rodea, no le afecta. También porque interesarse por la historia, el poder y la manera en la que las sociedades se cuentan a sí mismas conduce a algunos a querer observar los mecanismos desde dentro y, ya puestos, a intervenir en ellos.

En estos años, además, ha participado en expediciones científicas gracias a su amistad con el explorador Miguel Gutiérrez-Garitano (lo que Bourdieu denominó capital social). Estuvo primero en la expedición Vilcabamba 2024, que lo llevó a los Andes peruanos, y después, en 2026, en la que les llevó al norte del Chad con objeto de contrastar la teoría de Gutiérrez-Garitano acerca del emplazamiento de Zerzura, la antigua ciudad de las caravanas citada en textos antiguos, de situación discutida y buscada por muchos. Uno de los presentes en esta segunda empresa lo calificó como «un escritor que se cansó de escribir aventuras y volvió a salir a vivirlas». Halagadora frase que Arsenal, que no es nada humilde, se apresuró a guardar en su cajón de frases de otros sobre él.

Como guarda lo que dijo hace años Javier Negrete acerca de lo a sus anchas que se encuentra con la literatura, el personaje, la vida pública, los viajes:

«León es un gran cuentista… en todos los sentidos. No penséis que le estoy tildando de embustero, aunque los marinos, desde el viejo Ulises, siempre han tenido fama de mentirosos. No, me estoy refiriendo a sus cualidades de narrador y fabulador, que no solo manifiesta en los cuentos y novelas que escribe, sino también en las conversaciones tabernarias, a las que es muy aficionado.

Tanto escribiendo como hablando, León posee una gran habilidad para anticipar el meollo de lo que va a contar, como el torero enseña el pico de la muleta para citar al toro: una anticipación que sólo es un entrante para abrir el apetito y mantener al lector/interlocutor prendido de sus palabras y poder recrearse en ellas. Pues León es un gran amante de las palabras, de su sonido al pronunciarlas, de su dibujo al escribirlas, sus combinaciones y también su origen. Al modo de los antiguos griegos, su amor por ellas le hace inventar etimologías fantásticas que a veces son más interesantes que las verdaderas».

Pero a Arsenal no le bastaba con todo lo que tenía entre manos y, cuando la inteligencia artificial comenzó a sacudir nuestra sociedad —y a desatar una verdadera guerra civil en el mundo de la cultura—, fue de los que se puso del lado de quienes consideran que esto puede abrir nuevos horizontes a la creación. Algo que le ha ocasionado unos cuantos insultos en redes sociales que no parecen haberle impresionado gran cosa. De sus experimentos y juegos con la IA aplicada a la creación podréis encontrar muestras en su Gabinete de curiosidades, en el que explora cultura, política, tecnología y otros asuntos que, al cruzarse en su camino, despiertan su interés.

Y seguirá. Ya sabemos que, a primera vista, todo esto produce una imagen de dispersión, pero al final todo, como las neuronas, está interconectado y vuelve a esa curiosidad transversa sin ningún respeto por los límites entre las disciplinas. Algo que durante mucho tiempo fue un inconveniente, hasta convertirse en una forma de vivir y trabajar.

Y, para acabar con este retrato, que sea una vez más otro el que nos dé la impresión final, en este caso Eugenio Sánchez, cuya descripción de Arsenal es la más breve y, sin duda, la más difícil de mejorar:

«Místico, buen lector inveterado, aficionado al género de toda la vida, bebedor impenitente y buen conversador en las charlas de taberna».

¿Quién da más?

VV. AA. (Varios Amigos)

(Escrito bajo la atenta mirada del interesado)